FILOSOFÍA
Cuando la pasión habla, la salud mental escucha
Considerando con atención esta sentencia que se nos presenta:Cuando la pasión habla, la salud mental escucha. No se trata de una mera figura retórica, sino de una observación profunda acerca del alma humana, que es, como bien se sabe la forma y entelequia del cuerpo. El alma no es simple, sino compuesta: posee parte racional y parte irracional, y en esta última residen las pasiones, aquellos movimientos del apetito que nos impulsan hacia lo placentero o nos alejan de lo doloroso.
La pasión, en efecto, es como un fuego. Cuando se enciende por un fin noble —la contemplación de la verdad, la amistad virtuosa, la justicia en la polis o la excelencia en un arte—, posee una fuerza motriz admirable. Pero el fuego, por su naturaleza, no conoce medida por sí mismo: arde hasta consumir el combustible. Así, la pasión es ciega si la razón no la guía. Habla con voz imperiosa, ignorando el reposo del cuerpo, el límite de las fuerzas y el ritmo natural de la vida. Y el alma toda —particularmente aquello que hoy llamamos “salud mental”, es decir, el buen estado y equilibrio de las facultades psíquicas— escucha necesariamente esa voz, porque no hay parte del compuesto humano que quede ajena a las afecciones del alma.
Recordemos lo que enseña la Ética a Nicómaco: la virtud moral no reside en la ausencia de pasión, sino en su justa medida (mesotēs). El coraje no es falta de temor, sino temor moderado por la razón en el momento oportuno. De igual modo, el entusiasmo apasionado por un bien no es malo; antes bien, es parte de la eudaimonia, la vida floreciente. Cuando la pasión es sana y ordenada por la phronesis (la prudencia), la salud del alma se nutre: se genera placer en la actividad virtuosa, se fortalece el carácter y el hombre se acerca a su fin propio, que es vivir según la razón.
Mas he aquí la advertencia que encierra la sentencia: cuando la pasión se torna desmesurada (hyperbolē), deja de ser instrumento de la razón y se convierte en tirana. Entonces el alma escucha, sí, pero escucha su propio desgaste. El que persigue un proyecto con furor incesante, olvidando el sueño, la alimentación moderada y el reposo necesario, no actúa ya como hombre libre, sino como esclavo de un impulso. Su alma padece akrasia (debilidad de la voluntad) o incluso una forma de perturbación más grave. La salud mental “toma nota”, cómo se dice, porque todo exceso genera un eco de desequilibrio: ansiedad, melancolía o agotamiento del thymos.
Por tanto, la frase es una invitación a la autognosis y al gobierno de sí mismo. El sabio no extingue la pasión (pues sin ella la vida sería fría e inerte), ni se entrega a ella sin freno (pues eso sería propio de bestias). El sabio la escucha, la reconoce, y la modera conforme a la recta razón y a las circunstancias. Práctica, pues, la templanza (sophrosyne) y la prudencia, virtudes que permiten que la pasión hable con elocuencia, pero nunca con despotismo.
Quien vive esta armonía experimenta que su salud mental no solo “escucha”, sino que responde con una música serena: propósito sin angustia, esfuerzo sin ruina, alegría en la acción. Quien lo olvida, paga la factura en la moneda del sufrimiento psíquico, pues la naturaleza no tolera por mucho tiempo la violación de sus proporciones.
Así pues, jóvenes, no rechacéis la pasión, pues sin ella no hay grandeza; pero tampoco la coronéis como reina sin consultar antes al logos. Busca siempre el justo medio. Solo así el fuego ilumina y calienta sin reducir a cenizas la morada del alma.
Esto es lo que, según el sabio parecer, significa la sentencia. Y en verdad es sabia, porque recuerda una verdad eterna: el hombre es un animal racional y apasionado a la vez, y su felicidad depende de que ambas dimensiones convivan bajo el cetro de la virtud.
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