SOCIEDAD

Alcorcón ante el espejo del tiempo: madurez, envejecimiento y futuro de una ciudad

Observo muchas veces a mi pueblo, Alcorcón,  como quien contempla a una persona conocida desde hace décadas. 

No ya como simple conjunto de calles, plazas, bloques de viviendas y rotondas, sino como un organismo vivo que respira, envejece, cambia de carácter y quiere adaptarse al tiempo. Porque las ciudades, igual que los hombres y las mujeres, nacen con ímpetu, crecen con ansiedad, maduran con experiencia y, si no se renuevan, terminan entrando en una lenta decadencia silenciosa.

Alcorcón, hoy con cerca de 176.000 habitantes, es un retrato bastante fiel de la España urbana contemporánea. Fue ciudad joven, casi impetuosa, hija del desarrollismo y de aquellos años en que miles de familias llegaban desde otras regiones buscando trabajo, vivienda digna y un porvenir en el maná que ofrecía Madrid. Aquí se levantaron hogares, colegios, comercios, barrios enteros y esperanzas. La ciudad era entonces como un árbol recién plantado que crecía deprisa y echaba ramas por todas partes.

Pero aquel tiempo pasó.

Los niños de los años setenta y ochenta son hoy hombres y mujeres maduros. Muchos rozan la jubilación o ya nos hemos jubilado. Otros ya sienten el cansancio del calendario. Ese gran bloque de población entre los cuarenta y los sesenta años no es casualidad: es la huella visible del baby boom español. Las ciudades guardan memoria, y la memoria demográfica no se escribe en libros, sino en edades.


La pirámide poblacional de Alcorcón habla con claridad para quien quiera escucharla. Su base es estrecha. Los menores de edad apenas representan una porción modesta del conjunto. Eso significa algo más profundo que “nacen pocos niños”. Significa que cada nueva generación es menor que la anterior. Y cuando eso ocurre durante mucho tiempo, el relevo se debilita. Habrá menos trabajadores mañana, menos cotizantes 

pasado mañana y más dificultad para sostener el edificio entero de pensiones, 

sanidad y servicios públicos.

En la otra cara del espejo aparece el aumento de mayores. Más del veinte por ciento de la población supera los sesenta y cinco años. Esto tiene una parte hermosa: vivimos más. La medicina, la nutrición, más deporte y unas condiciones de vida mejores han alargado la existencia humana. Pero también trae obligaciones: más dependencia, más necesidad de asistencia, más hogares de personas solas y mayor presión económica sobre lo común.

Y dentro de esa vejez destaca un fenómeno silencioso y muy humano: la feminización de la ancianidad. Las mujeres viven más años, sí, pero muchas veces viven también más años en soledad, tras enviudar o quedar aisladas en pisos donde antes hubo familia, ruido y sobremesas.

Frente a ello aparece la inmigración como tabla de equilibrio. El crecimiento reciente de Alcorcón no nace de las cunas, sino de las maletas. Rumanos, marroquíes, ucranianos, venezolanos, colombianos, peruanos, chinos y otros muchos han traído no solo manos para trabajar, sino juventud relativa, nuevas familias, consumo, cotizaciones y dinamismo social. Sin ellos, el envejecimiento sería más rápido y la ciudad caminaría con paso más pesado.

Conviene recordar además que Alcorcón no vive sola ni aislada, como una villa antigua rodeada de murallas. Es parte del gran cuerpo metropolitano madrileño. Miles de vecinos trabajan en Madrid, estudian fuera, compran fuera o dependen del transporte regional. La vivienda, el empleo y el futuro de Alcorcón no se entienden sin Madrid. Somos barrio ampliado de una gran capital, aunque con alma propia.

También ocurre algo que suele olvidarse: no basta con aumentar habitantes. Lo importante es la calidad y composición de esa población. Una ciudad puede crecer en número y empobrecerse en vigor. Si aumentan más deprisa los jubilados que los trabajadores, sube la dependencia económica, se tensionan las cuentas públicas y el impulso emprendedor se enfría.

¿Qué futuro le espera a Alcorcón?

Pues hay varios caminos. Uno sería el más gris: envejecimiento progresivo, salida de jóvenes por falta de vivienda asequible, crecimiento lento y dependencia constante de la inmigración para sostener el sistema. Otro, más esperanzador, pasaría por atraer juventud, facilitar vivienda, mejorar empleo local, impulsar natalidad razonable y renovar generaciones sin traumas.

Porque el verdadero problema de ciudades como Alcorcón no es tener más mayores. Eso incluso honra a una sociedad que cuida y prolonga la vida. El problema sería no generar suficientes jóvenes, ni ofrecerles razones sólidas para quedarse.

Alcorcón no está en crisis terminal, ni mucho menos. Pero sí ha entrado en otra etapa histórica. Ya no es tiempo de crecer por cantidad, como en los años del ladrillo y la expansión. Ahora toca crecer por calidad: cohesión social, productividad, integración, urbanismo amable, servicios eficaces y dignidad colectiva.

Las ciudades también envejecen. La cuestión decisiva no es evitarlo, sino hacerlo con inteligencia. Y ahí se juega Alcorcón buena parte de su porvenir.














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