HISTORIA

Julio de 1936: Los militares que quisieron cambiar España

Hay momentos en la historia en los que los acontecimientos parecen precipitarse por una pendiente invisible. Durante meses, quizá durante años, los protagonistas creen dirigir los hechos, pero en realidad son los hechos quienes los arrastran a ellos. La España de 1936 era uno de esos lugares donde el aire parecía cargado de electricidad. Bastaba una chispa para incendiar el bosque.

Tres hombres de rumbo incierto sostuvieron en sus manos el destino de una España que se asomaba al caos, el desorden y la violencia. Los generales José Sanjurjo, Emilio Mola y Francisco Franco irrumpieron con fuerza en la historia, pero solo uno de ellos terminaría rigiendo el rumbo del país durante las cuatro décadas siguientes: el más joven de la terna, Francisco Franco.

La Segunda República atravesaba entonces una de sus horas más difíciles. Las calles eran un escenario de enfrentamientos ideológicos, las Cortes un campo de batalla verbal y los cafés hervían de discusiones sobre revolución, orden, religión, reforma agraria o separatismo. Los españoles hablaban de política con la intensidad con la que otras sociedades hablan del tiempo o del fútbol. Cada conversación parecía contener una profecía.

En ese ambiente comenzó a tejerse una conspiración.

No nació en una única habitación ni fue concebida por una sola mente. Se fue formando poco a poco, en despachos discretos, cuarteles alejados, reuniones reservadas y conversaciones que terminaban con miradas de complicidad. Sin embargo, entre todos los hombres que participaron en ella, uno destacaba por encima de los demás: el general Emilio Mola.

Destinado en Pamplona por un gobierno que pretendía mantenerlo alejado de los centros neurálgicos del poder, Mola convirtió aquella aparente marginación en una ventaja. Desde la tranquila capital navarra dirigía una red de contactos que se extendía por toda España. En sus comunicaciones clandestinas era conocido simplemente como "El Director". El apodo tenía algo de teatral y algo de inquietante. Porque, en efecto, era él quien dirigía la obra.

Los conspiradores procedían de mundos distintos. Había militares, monárquicos, carlistas, conservadores y falangistas. Los unía una convicción: la República caminaba hacia el desastre y era necesario detenerla.

Sobre todos ellos flotaba la figura del general José Sanjurjo.

Sanjurjo era el héroe previsto. Había protagonizado años antes un golpe fallido contra la República y vivía exiliado en Portugal. Para muchos conspiradores era el hombre destinado a encabezar el nuevo régimen una vez consumado el levantamiento. Representaba la autoridad, la tradición y el prestigio militar. Era el símbolo.




Y luego estaba Franco.

A diferencia de la imagen que proyectaría después la propaganda franquista, Franco no era inicialmente el jefe de la conspiración. Ni siquiera su participación estuvo asegurada desde el primer momento. Observaba los acontecimientos con prudencia, calculando riesgos y oportunidades. Destinado en Canarias, mantenía una actitud reservada que algunos interpretaron como indecisión y otros como inteligencia estratégica.

Mientras tanto, el reloj avanzaba.

La conspiración esperaba el momento adecuado. Y ese momento pareció llegar en julio de 1936.

Los asesinatos del teniente Castillo y, pocos días después, del líder monárquico Calvo Sotelo aceleraron un proceso que ya estaba en marcha. Los acontecimientos comenzaron a sucederse con una velocidad vertiginosa.

El 17 de julio se sublevaron las tropas del Protectorado de Marruecos.

El día 18 la rebelión se extendió a la Península.

Los conspiradores esperaban un golpe rápido. Imaginaban que las principales ciudades caerían en cuestión de horas, que las autoridades republicanas serían detenidas y que España despertaría bajo un nuevo poder militar. Creían estar organizando una operación quirúrgica.

Se equivocaban, porque el golpe triunfó en unas regiones y fracasó en otras. Y cuando un golpe no vence ni es derrotado, se convierte en otra cosa.

Se convirtió en una guerra.

Pero antes de que la guerra definiera su desenlace, el destino intervino con una ironía que parece sacada de una novela. El 20 de julio, apenas tres días después del inicio del levantamiento, el avión que transportaba a Sanjurjo desde Portugal se estrelló.

El hombre destinado a dirigir la nueva España murió antes de llegar a ella. De repente, el símbolo había desaparecido. La dirección del movimiento quedó repartida entre varios generales. Existía una Junta de Defensa Nacional. Existían mandos regionales. Existían influencias cruzadas. Pero no existía un jefe único.

Durante algunas semanas, la rebelión fue una coalición militar más que un liderazgo personal. Entonces comenzó el ascenso de Franco.

El Ejército de África, bajo su mando, demostró ser la fuerza más eficaz de los sublevados. Sus victorias aumentaron su prestigio. Su figura empezó a crecer mientras otras se debilitaban.

Fue una de las claves militares decisivas del inicio de la Guerra Civil española. no fue una maniobra rápida y directa, sino una operación compleja, escalonada y apoyada desde el exterior. El ejército de África  estaba formado por la Legión y tropas regulares marroquíes, pero tenían un problema: cómo atravesar el Estrecho de Gibraltar controlado por la República.Para salvar ese obstáculo se organizó uno de los primeros grandes puentes aéreos militares de la historia: Aviones proporcionados por la Alemania nazi y la Italia fascista. Transporte continuo de tropas desde Marruecos a Andalucía. Apoyo naval parcial para escoltar y facilitar el paso. Gracias a esto, miles de soldados fueron trasladados a la Península en pocas semanas. Las primeras fuerzas africanas desembarcadas comenzaron a avanzar por el sur. Sevilla se convirtió en el gran centro logístico del avance. Desde allí se organizaron columnas móviles que no buscaban ocupar todo el territorio, sino avanzar rápido y conectar zonas sublevadas. Las tropas del coronel Juan Yagüe fueron especialmente importantes en esta fase. En los primeros meses no hubo frentes estables. Fue una guerra de movimientos: Columnas que avanzaban por Extremadura y Andalucía occidental. Control progresivo de ciudades clave. Unión de territorios sublevados del sur con el noroeste. Uno de los episodios más duros fue la toma de Badajoz, que tuvo gran impacto por la violencia del combate y sus consecuencias. Una vez asegurado el oeste, el objetivo fue claro: Madrid. Franco fue consolidando su liderazgo sobre los demás jefes militares sublevados (como Mola). El Ejército de África se convirtió en la punta de lanza del avance. En el camino se produjo la toma de Toledo y el Alcázar, utilizada también como símbolo propagandístico. Finalmente, las fuerzas llegaron a las puertas de Madrid en otoño de 1936, donde el avance se frenó por la resistencia republicana.

El traslado del Ejército de África fue decisivo porque aportó la mejor fuerza militar del bando sublevado, permitió convertir un golpe fragmentado en una guerra organizada, y dio a Franco una posición de liderazgo que acabó consolidándose políticamente.

En septiembre de 1936, reunidos cerca de Salamanca, los principales generales decidieron otorgarle a Franco el mando supremo.

Fue nombrado Generalísimo.

Pocos comprendieron entonces el alcance de aquella decisión. Muchos pensaban que se trataba de una medida provisional, necesaria para coordinar el esfuerzo bélico. Imaginaban un liderazgo temporal, limitado a la duración de la guerra. Franco pensaba otra cosa. Comprendió que el poder, una vez concentrado, rara vez vuelve a dispersarse por voluntad propia. Pero aún faltaba otro giro del destino. En junio de 1937 murió Emilio Mola en un accidente de aviación.

El cerebro de la conspiración desaparecía igual que había desaparecido el hombre llamado a dirigirla. La historia parecía despejar uno a uno todos los obstáculos que podían limitar la autoridad del nuevo caudillo. Sanjurjo había sido el símbolo. Mola había sido el arquitecto Franco acabaría siendo el heredero.

Años después, muchos historiadores se preguntarían qué habría ocurrido si aquellos aviones no hubieran caído del cielo. Si Sanjurjo hubiera llegado a España. Si Mola hubiera sobrevivido a la guerra. Si el liderazgo hubiera permanecido compartido.

Son preguntas imposibles de responder.

Lo único cierto es que la historia rara vez sigue los planes de quienes creen dominarla. Los conspiradores imaginaron un golpe breve. Obtuvieron una guerra de tres años. Creyeron que dirigían los acontecimientos. Y terminaron siendo moldeados por ellos.

Porque, como ocurre tantas veces en la historia y en la literatura, los hombres hacen sus planes, pero el destino escribe el desenlace.


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