REFLEXIONES
Carta a un caminante en tregua: El porvenir de las mariposas del alma
Mi estimado amigo Pepucho:
Te escribo esta carta desde el silencio de mi laboratorio, al amparo de la luz vacilante de mi quinqué, rodeado de frascos de reactivos y de las innumerables láminas de tinta sepia donde intenté, en mi tiempo, atrapar el misterio de nuestra anatomía.
A través de los abismos del tiempo, mi pensamiento vuela hoy hacia ti, que en tu presente padeces la rebeldía de ese gran cordón nervioso que llamamos ciático; esa raíz que, truncada en su fuerza, mantiene tu pie izquierdo en un injusto letargo.
Permíteme que te hable no como un médico que prescribe, sino como el viejo explorador que ha dedicado su vida a contemplar el mapa de ese continente inexplorado que es el sistema nervioso.
En mis noches de vigilia, maravillado ante el microscopio, bauticé a las neuronas como «las mariposas del alma». Veía en sus delicadas ramificaciones, en esos axones que se estiran con infinito anhelo buscando conectar unas con otras, el secreto mismo de nuestra voluntad y de nuestros movimientos.
En mis días, lamentablemente, la ciencia dictaminaba que una vez que estas mariposas perdían sus hilos en los adultos, la muerte del tejido era definitiva y el camino se cerraba para siempre.
¡Qué asombro estrujaría mi pecho si pudiera asomarme por un instante a tu siglo! Me cuentas que la ciencia de tu tiempo ha descubierto un «tercer estado» de la materia viva; que al apagarse el aliento de un organismo, sus células no se entregan de inmediato a la corrupción, sino que demuestran una plasticidad asombrosa.
Esos anthrobots de los que me hablas —criaturas formadas por el autoensamblaje de células de nuestra propia carne— me parecen el más bello poema de la naturaleza. Ver que esas pequeñas pestañas, que en vida solo barrían el moco de la tráquea, se transforman en su presente en remos y diminutos pies para caminar de forma autónoma, es un milagro que desafía todo lo que creíamos saber sobre el fin de la existencia.
Pero lo que verdaderamente enciende mi fe y hace que envidie la época en la que vives, es saber que estos minúsculos obreros acuden al auxilio de las neuronas heridas.
Me maravilla saber que, en los experimentos de los científicos, estas estructuras se agrupan sobre las brechas del tejido dañado y, como diestros tejedores, guían a los axones ciegos para que vuelvan a abrazarse, restaurando los puentes rotos en apenas unos días. Y todo ello, concebido con las células del propio paciente, burlando el eterno temor del cuerpo a lo extraño.
¿Y quién dirige esta sinfonía molecular que en mis tiempos dependía únicamente de la paciencia del ojo humano? Me estremece pensar en esa Inteligencia Artificial que vosotros poseéis. Un cerebro de silicio capaz de simular millones de corrientes bioeléctricas en segundos, calculando los voltajes exactos para susurrarle a las células cómo deben organizarse.
Esa tecnología, amigo mío, será la que diseñe un mapa a la estricta medida de la dolencia de tu nervio ciático, enviando a esos micro-operarios a limpiar el tejido cicatrizal y a guiar el re-crecimiento de las fibras perdidas hacia el músculo.
Siempre sostuve con firmeza que «todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». Hoy, gracias a los prodigios de tu siglo, la ciencia añade que también seremos los escultores y reparadores de nuestros propios nervios periféricos.
Sé bien que la senda que separa el cultivo de laboratorio del beneficio en el cuerpo humano es todavía larga, escarpada y exige la prudencia del método clínico. No busques un remedio inmediato mañana por la mañana, pero no dudes un solo segundo de que la luz ya está encendida. La Inteligencia Artificial y la plasticidad celular acelerarán los relojes del destino a una velocidad que los hombres de mi época ni alcanzamos a imaginar.
Mantén la templanza, la curiosidad y, por encima de todo, la esperanza. Los hilos de la vida se están volviendo a tejer en los telares del futuro, y ese pie que hoy descansa, volverá a andar el camino.
Desde el ayer, te envía un afectuoso abrazo de científico y amigo,
Santiago Ramón y Cajal
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