"Cuando aprender a contar con los dedos es una terapia excelente  para aprender matemáticas"

Pepe Rojas Molina

´Liberado, analista de la realidad´


4 de octubre de 2024


Los que ya tenemos una edad bien que sabemos de esto. Contar con los dedos, ese gesto tan simple y, a la vez, tan universal, no es solo una estrategia de emergencia cuando las matemáticas se complican. Es un código antiguo, una tradición transmitida de generación en generación, como quien enseña el secreto de una llave que abre las puertas de los números.

 Desde tiempos remotos, cuando no había pizarras ni calculadoras, las manos humanas fueron las primeras tablas de operaciones. En la Edad Media, esa práctica tan básica se convirtió en una coreografía sofisticada de gestos con la que se podía llegar a contar hasta números que a muchos hoy les costaría pronunciar sin tropezar.

Porque lo que para nosotros parece un gesto inocente —ese levantar los dedos mientras uno balbucea números—, era en otras épocas un verdadero arte matemático. En Roma, por ejemplo, era más que un juego de niños: era una herramienta vital para el comercio, la guerra y la vida cotidiana. Los romanos no sólo contaban con los dedos, sino que los moldeaban, los doblaban y los extendían en formas que representaban unidades, decenas y centenas. Hacían malabares con las manos mientras cerraban acuerdos comerciales o dirigían tropas. Era una habilidad enseñada desde la infancia, casi como un rito de paso que marcaba el inicio de la vida adulta.

Y luego, la escuela. Ah, la vieja y a veces cruel escuela, donde uno se escondía de la mirada vigilante del maestro, utilizando los dedos a hurtadillas para hacer esos cálculos que de otra forma se volvían imposibles. ¿Cuántos de nosotros no recordamos haber escondido las manos bajo el pupitre, moviendo los dedos con la esperanza de que el profesor no lo notara? Era una especie de rebeldía matemática, un truco de supervivencia que no solo nos ayudaba a pasar el examen, sino que también nos conectaba con una larga tradición de seres humanos que, antes que nosotros, se valieron de sus propias extremidades para desentrañar el enigma de los números.

Hoy, los expertos se debaten si esta práctica es señal de una mente en problemas o, por el contrario, una muestra de ingenio precoz. Algunos maestros miran con desdén a los niños que cuentan con los dedos, creyendo que eso denota una falta de comprensión. Otros, más sabios, entienden que contar con los dedos no es señal de debilidad, sino de una mente que está comenzando a construir puentes entre el mundo tangible y el abstracto.

Investigadores en Suiza y Francia han decidido zanjar la cuestión y, tras largas horas de análisis, han llegado a una conclusión sorprendente: los niños que cuentan con los dedos tienen una ventaja. Su habilidad para hacer visibles los números, para sentirlos en las yemas de los dedos, les otorga una comprensión más profunda de las matemáticas. No es solo un truco, sino una verdadera estrategia que les ayuda a visualizar y a resolver problemas con mayor rapidez.

Y mientras algunos adultos miran hacia atrás con una sonrisa condescendiente, pensando que ya no necesitan esos gestos infantiles, la realidad es que todos, en algún momento, volvemos a ellos. Quizás en la fila del supermercado, cuando intentamos recordar cuántas cosas hemos echado al carrito, o cuando repasamos mentalmente los días que quedan para el fin de mes. Porque contar con los dedos es más que una herramienta para la infancia. Es una herencia de la humanidad, un reflejo de nuestra capacidad de adaptarnos, de aprender y de sobrevivir, incluso en un mundo donde los números, a veces, parecen querer escapar de nuestra comprensión.


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