Entre la Luna y la mentira: La eterna conspiración que niega el gran salto de la humanidad
Pepe Rojas Molina
´Liberado, crítico de la realidad´
Aquel 20 de julio de 1969, un día que parecía arrancado de la ciencia ficción más atrevida, se nos presentó como el momento en que el Homo sapiens, ese ser que desde su nacimiento ha mirado al cielo preguntándose qué hay más allá, logró su mayor hazaña: pisar la Luna. Sí, la misma Luna que ha sido protagonista de poesías, noches de lobos y leyendas de enamorados. El hombre, en su traje blanco, como un caballero andante intergaláctico, llegó a ese satélite que, hasta entonces, parecía solo un sueño inalcanzable. Pero claro, a pesar de la épica, siempre hay quien le pone peros a la gloria, quien necesita ver el guión bajo la trama, el cable que sostiene al astronauta o el truco de cámara. Porque, ¿cómo es posible que algo tan trascendental no esconda una mentira? “Es todo un montaje”, dicen. Como si Stanley Kubrick hubiese estado ahí, tras las bambalinas, gritando "¡Corten!" cada vez que Neil Armstrong daba un mal paso en su decorado lunar.
Los negacionistas, esos artistas del escepticismo, argumentan que el Apolo 11 jamás despegó rumbo al cielo,
que los americanos se apresuraron a montar el plató más caro de la historia, porque la Guerra Fría, más que armas, se jugaba a golpe de misiones espaciales. Pero, ¿y si, al final, toda esta controversia no es más que otro episodio de esa eterna batalla entre la ciencia y la fe, entre la razón y la imaginación desbordada?
La humanidad, desde que es humanidad, ha tenido la manía de desconfiar de lo que no puede tocar, y aunque hace ya medio siglo que supuestamente caminamos por la Luna, todavía hay quienes creen que fue un teatro de cartón piedra.“¿Cómo pudo despegar ese cohete con tan poco combustible?”, gritan los expertos en cosas que no entienden, mientras agitan sus teorías como un niño que lanza su avioncito de papel al viento, convencido de que logrará volar hasta las estrellas. Es simple, dicen los científicos, la gravedad de la Luna es seis veces menor que la de la Tierra. Así que lo que parece imposible aquí, allá se vuelve mucho más sencillo, aunque para algunos eso suene a excusa de manual de conspiraciones.
Y luego está el tema del polvo. ¡Ah, el polvo! En la Tierra, cualquier cosa que mueva el suelo deja un caos en el aire, pero en la Luna, sin atmósfera, el polvo no tiene adónde ir. Los motores del módulo lunar no expulsaban esas llamas que tanto gustan en Hollywood, porque allí arriba, en la vasta frialdad del espacio, no hay oxígeno que alimente una llamarada gloriosa. Y lo de la bandera... ¡Ay, la bandera! ¿Cómo es posible que ondeara? Pues no ondeaba, amigo. La NASA no es tonta, y para evitar la decepción de una bandera triste y caída, instalaron una escuadra en la parte superior. Todo calculado, todo controlado.
Y aún así, después de todos estos años, hay quien sigue viendo reflejos de plató de televisión en las huellas perfectas que dejaron los astronautas en el regolito lunar,
esa capa de polvo que, por su naturaleza, imprime cada paso con la precisión de un relojero. Como si la Luna no tuviera derecho a ser testigo de nuestra presencia, de ese momento en que el hombre, por fin, puso pie en otro mundo.
Pero tal vez, la verdadera cuestión es más profunda. Quizás lo que asusta no es si llegamos o no llegamos, sino qué nos espera más allá. Porque si ya pisamos la Luna,
Pero tal vez, la verdadera cuestión es más profunda. Quizás lo que asusta no es si llegamos o no llegamos, sino qué nos espera más allá. Porque si ya pisamos la Luna,
¿quién nos dice que Marte, las estrellas o incluso los confines del universo no sean nuestro próximo paso?
Y tal vez, esa incertidumbre es lo que aterra más que cualquier teoría conspirativa: la idea de que el hombre, siempre inquieto, no se detendrá ante nada ni ante nadie. Ni siquiera ante los que dicen que nunca estuvimos allí.
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