Los bulos de ayer y de hoy
Pepe Rojas Molina
´Cyrano de la realidad´
jueves, 19 de diciembre de 2024
Hace 50 años, los bulos tenían otro ritmo, pero estaban ahíHace medio siglo, cuando el mundo no era más que blanco y negro en los televisores y la radio aún era la reina de la casa, los bulos ya existían, aunque con una cadencia muy distinta. Hoy nos sumergimos en una ola de información donde los rumores navegan a la velocidad de la luz entre Twitter (o X, para los más modernos), Facebook y la jungla de WhatsApp, pero, ¿cómo era todo esto en los años 60 o 70?
Los rumores, los bulos, las medias verdades... siempre han estado presentes. En aquellos tiempos, no había un "me gusta" para hacer viral una mentira, pero las historias falsas se propagaban de boca en boca, y sí, también de periódico en periódico. Sin embargo, había una gran diferencia: existían filtros. La prensa escrita, la radio y la televisión tenían jerarquías que servían de tapón a los disparates. Antes de que una noticia viese la luz, pasaba por las manos de editores y jefes de redacción que debían verificar cada palabra, contrastarla, darla por cierta. En otras palabras, el periodista se jugaba su credibilidad en cada línea que escribía o locutaba.
El boca a boca era el Twitter de la época. La plaza del mercado, el bar, las sobremesas con los vecinos eran el equivalente a los grupos de WhatsApp donde se discutían las teorías más absurdas. Pero el impacto estaba acotado, se necesitaba más tiempo para que esas historias saltaran de un barrio a otro. Y cuando llegaban, los medios serios —sí, lo que entendíamos por medios serios— se encargaban de ponerles freno. Si un rumor calaba hondo, ahí estaban las secciones de cartas al director o las intervenciones en la radio para desmentirlo. La prensa se hacía responsable de sus errores, porque sabía que su prestigio estaba en juego.
Sin embargo, los bulos también sabían sobrevivir. Las conspiraciones políticas, las teorías sobre famosos o los supuestos secretos de salud eran el pan de cada día. La diferencia era que, sin las herramientas digitales actuales, muchas veces se quedaban en leyendas urbanas. El desmentido podía llegar, pero el tiempo jugaba a favor del bulo. Había historias que sobrevivían años, alimentadas por el misterio y la falta de verificación.
El estallido digital y la viralidad sin frenoEntonces llegaron las redes sociales. Y la cosa se descontroló. Hoy, el rumor más tonto puede llegar a millones en cuestión de minutos. Facebook, Instagram, TikTok, y la fábrica de bulos llamada WhatsApp han dado un poder sin precedentes a la desinformación. Lo que antes necesitaba pasar por las manos de un redactor serio, hoy basta con que un influencer o un político con muchos seguidores lo comparta para que medio mundo lo crea.
Las plataformas priorizan el contenido que genera más interacción, sin importar si es verdad o mentira. Un bulo sensacionalista capta más atención que una noticia confirmada. Así de simple. Los algoritmos premian el morbo y la emoción, y los bulos son su combustible. Es un ciclo vicioso donde lo falso tiene más visibilidad que lo verdadero. Es como si el titular más escandaloso siempre ganara la primera plana, aunque no tenga ni un gramo de verdad.
Y si alguien con peso lo comparte, olvídate. En los años 70, un rumor en boca de una figura pública podía llegar lejos, pero hoy, un tweet o un post de un famoso multiplica por mil su impacto. No importa si la información es falsa o está manipulada, el daño está hecho. Las redes se convierten en un altavoz para cualquier bulo que se ajuste a lo que queremos creer, porque aquí entra en juego otro fenómeno: el sesgo de confirmación. Solo leemos y compartimos lo que refuerza nuestras ideas previas, aunque sea una barbaridad.
Desinformación como arma de manipulaciónPero esto no se queda en meras anécdotas. Los bulos de hoy son armas estratégicas. Gobiernos, partidos políticos y grupos de presión los usan para manipular a la población, influir en elecciones y sembrar el caos. La polarización ha hecho que sea más fácil creer en mentiras que coinciden con nuestra ideología, mientras que los robots y los troles se encargan de amplificarlas hasta que parecen la verdad más absoluta.
En tiempos de crisis, como la pandemia o las guerras en Ucrania o Gaza, el fenómeno se multiplica. Durante el COVID-19, no sólo luchábamos contra un virus, sino contra una oleada de falsedades: curas milagrosas, teorías sobre el origen del virus, bulos sobre las vacunas. Todo esto en un contexto de incertidumbre y miedo que nos hacía más vulnerables a tragarnos cualquier cosa. Y lo peor, la desinformación complicaba aún más la respuesta de las autoridades.
El desafío de la verdad en la era digital¿Hay salida? Se han levantado plataformas de verificación de hechos como Maldita.es o Snopes para intentar frenar esta locura, pero llegan tarde. Cuando logran desmentir un bulo, este ya ha sido compartido millones de veces y revertir el daño es como intentar atrapar humo con las manos.
Las redes sociales han reaccionado, poniendo etiquetas de advertencia, eliminando cuentas que difunden falsedades o aliándose con verificadores de hechos. Pero, sinceramente, esto es como poner una tirita en una herida que necesita puntos. La solución pasa por la educación mediática, aprender a distinguir fuentes confiables y verificar antes de compartir. Porque, al final, la responsabilidad es nuestra.
El panorama es complejo, con gobiernos que se debaten entre regular las plataformas sin caer en la censura, y ciudadanos que necesitan asumir su parte del trabajo. Hoy más que nunca, el equilibrio entre la libertad de expresión y la lucha contra la desinformación es un terreno resbaladizo, y encontrar un punto medio es más complicado que nunca.
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