El teatro de la democracia en España: ¿Quién manda de verdad?
Pepe Rojas Molina
´Cyrano de la realidad´
miércoles, 8 de enero de 2025
¿Acaso España tiene una democracia plena?En este país, tenemos la curiosa habilidad de complicar lo simple, y en política nos llevamos la palma. En teoría, el poder en España parece repartido como un mazo de cartas: el Congreso, el Senado, la Moncloa y la Zarzuela. Todo bien ordenado, limpio y claro. Pero, claro, esto es España, y aquí las reglas del juego siempre esconden trampa.
Empecemos por el Congreso, ese que elegimos cada cuatro años, en teoría la joya de nuestra democracia. De ahí salen nuestros diputados, esos que deberían representarnos a todos. Sin embargo, el Senado, la supuesta cámara de "segunda lectura", está ahí para maquillar leyes, rebotarlas y poco más. Tiene poder, sí, pero escaso. Y, seamos sinceros, ¿quién recuerda a quién votó para el Senado?
El presidente del Gobierno, esa figura que no elegimos directamente, no llega a Moncloa por méritos propios, sino a base de pactos, alianzas y concesiones que raramente salen a la luz. Su poder dura mientras el Congreso se lo permita; si no, una moción de censura puede acabar con él en un abrir y cerrar de ojos, como ocurrió en 2018.
Y el Rey… Ah, el Rey. Para muchos, un adorno institucional, una figura meramente ceremonial. Pero no olvidemos que su firma es el toque final en los decretos y que, aunque simbólica, su presencia en tiempos de crisis institucional puede pesar más de lo que parece. Inviolable, dicen, pero con un peso que no conviene subestimar, aunque muchas veces quisiéramos que pesara más.
Ahora, aquí viene el truco: el poder está dividido en tres ramas, nos dicen. La legislativa, la ejecutiva y la judicial. Suena impecable en los libros, pero en la práctica es otra cosa. El poder judicial, que debería ser independiente, tiene demasiadas manos políticas encima. Los jueces no llegan a sus cargos más altos por generación espontánea; los nombra un Consejo que depende de los acuerdos del poder ejecutivo. ¿Y la Fiscalía? Pues dependiente más de la Moncloa que del Ministerio de Justicia. Esto no es la separación de poderes que soñaba Montesquieu, no. Aquí el poder está más concentrado de lo que nos gustaría admitir.
Luego está el gran mito de la democracia: el voto cada cuatro años. Nos gusta pensar que, cuando votamos, estamos eligiendo a nuestros representantes, pero en España votamos partidos, no personas. Los diputados, que deberían ser la voz del pueblo, son más bien la voz de su partido, y si alguno tiene la osadía de ir en contra de la disciplina de su formación, tiene los días contados en el partido en cuestión. Así, los debates parlamentarios se convierten en un mero teatro, donde todo está decidido antes de que se enciendan las cámaras.
Entonces, ¿dónde está la libertad de esos diputados? ¿Qué pasó con la idea de que representen nuestros intereses? El sistema de listas cerradas y la mano de hierro de los partidos hacen que el Parlamento sea más una pasarela para confirmar decisiones que ya se tomaron en los despachos.
Al final, la democracia en España es un juego con muchas cartas marcadas. El verdadero poder no siempre reside en quienes votamos, sino en las estructuras de partido y en los pactos entre las élites. Y aunque el pueblo tenga su momento cada cuatro años, el tablero apenas cambia. Lo que permanece es el control de unos pocos sobre muchos, en una democracia que, aunque funcional, deja mucho que desear.
Así que, la pregunta sigue en el aire: ¿Acaso España tiene una democracia plena? O quizás solo una versión imperfecta, llena de sombras y matices que no siempre se ven a simple vista.
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