¿Por qué nos asusta la espontaneidad?

@pepe_rojas99

´Cyrano de la realidad´

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sábado, 5 de abril de 2025


CRÓNICA DE UNA ESPONTANEIDAD ANUNCIADA

Aquellos días en que las palabras se mecían libres en hamacas de brisa,
cuando un "te quiero" sabía a café recién hecho y no a mensaje revisado 17 veces.

Ahora vivo tras cristales de perfección, donde cada vocal lleva su corrector ortográfico y los corazones laten en modo avión por miedo a conexiones imprevistas.

Las redes sociales son espejos distorsionados que devuelven sonrisas de 12 megapíxeles pero se tragan los gestos torpes que hacían única el alma humana.

En algún lugar, un poeta escribe la misma palabra una y otra vez hasta que pierde su sabor original como chicle masticado demasiado.

Los besos ahora tienen horario programado, los abrazos vienen con advertencia de contenido y las lágrimas - esas mensajeras del alma - deben solicitar permiso para rodar.

Epílogo para los Insumisos del Alma (¿acaso yo?)

Pero en los bares de mala muerte, entre tazas agrietadas y wifi intermitente,
aún sobrevive una raza de soñadores que envían audios borrachos de pasión
y escriben cartas con tinta de emociones crudas. Así quiero ser yo.

Yo, un adepto de lo pulido, que no me atrevo a tropezar con el corazón al aire,
guardo el secreto último: que la vida no puede ser un documento en la nube sino un poema escrito a mano con tachones que cantan y manchas que dibujan constelaciones.

Mientras pulo mi próximo "hola" hasta dejarlo liso como piedra de río, alguien - en algún lugar sin wifi - acaba de reír con la nariz arrugada como mapa de tesoros escondidos. Ese instante fugaz, ¡oh milagro prohibido!, es un puñetazo al cristal de las pantallas: mientras tanto, mi corazón inmediato, ese animal salvaje sigue encadenado al diccionario de lo correcto, ahogándose en el mar de los "quizás"y los "mejor no digo".

El bluff mediático, ese mago de las apariencias, sigue tejiendo su red de luces artificiales donde caemos todos, mariposas nocturnas confundiendo bombillos con estrellas. Pero allá lejos, en los suburbios del alma, alguien sigue plantando versos sin permiso y regándolos con risas de lluvia torrencial.

Quizás un día, cuando el miedo se canse de vigilar, me atreva a ser otra vez esa criatura despeinada por el viento que fui antes de aprender a firmar contratos con cada palabra.




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