El coste del campo deshabitado
El coste del campo deshabitado
@pepe_rojas99
´Cyrano de la realidad
domingo, 17 de agosto de 2025
La tierra, con su herencia de olvido, se ha rendido. El eco de los campos abandonados resuena ahora en el silencio de los surcos perdidos. Es la factura del éxodo rural, el precio de un campo deshabitado que la tierra, en su implacable dolor, no perdona. Y en este trágico final, el fuego consume lo que fuimos, dejándonos solo cenizas por sembrar.
Durante siglos, la naturaleza y el ser humano convivieron en un delicado equilibrio. Los animales, en su ciclo vital, limpiaban los montes de hierbas y ramas, mientras el hombre, con herramientas sencillas y la sabiduría heredada, realizaba podas, cortaba la maleza y retiraba aquello que podía ser presa fácil del fuego. El monte respiraba, se mantenía sano, y la amenaza de un incendio devastador era menor.
Hoy, sin embargo, ese vínculo se ha debilitado. La masa vegetal crece sin control, se acumulan restos secos que se convierten en combustible, y el abandono de esas labores de limpieza deja a los bosques en una situación de riesgo permanente. A esto se suma el aumento de las temperaturas y la prolongación de los veranos secos, que convierten cualquier chispa en un infierno incontenible.
Para volver a la situación de hace años sería necesario un cambio profundo de mentalidad y de gestión. Habría que recuperar el respeto por la naturaleza desde la cercanía, fomentar la ganadería extensiva que limpia los montes de forma natural, volver a integrar al ser humano en las tareas de cuidado y prevención, y planificar políticas forestales que no se limiten a apagar fuegos cuando ya es tarde, sino que se centren en evitarlos.
En definitiva, no se trata de añadir más prohibiciones ni de esperar a que la lluvia haga su trabajo, sino de comprender que el monte necesita ser atendido como un organismo vivo. Y solo así, devolviendo al bosque esa relación de cuidado que antes existía, podremos recuperar aquella seguridad perdida, donde el fuego era un riesgo, sí, pero no una sentencia inevitable.
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