¿Son todas las opiniones respetables?
lunes 23 de febrero de 2026
A veces se dice, con esa buena intención que parece una verdad redonda, que todas las opiniones son respetables. Suena bien, casi reconforta, como una especie de paz universal de andar por casa. Pero cuando uno rasca un poco, se da cuenta de que esa frase es una verdad engañosa, un silencio ruidoso que tapa más de lo que aclara.
No todas las opiniones merecen el mismo respeto. Y esto no es intolerancia, es sentido común.
Hay opiniones con las que uno puede no estar de acuerdo y, sin embargo, recon
ocer que tienen un fondo honesto. Son aquellas que nacen de intentar entender la realidad, aunque se equivoquen; que se apoyan en argumentos, aunque sean discutibles; que no buscan herir ni humillar, sino explicar. Son opiniones que no se presentan como verdades absolutas, que dejan una puerta entreabierta a la duda. Esas, incluso cuando nos incomodan, merecen respeto. Porque detrás hay una persona pensando, no solo reaccionando.
Pero también hay opiniones que no son más que ruido con forma de idea. Opiniones que no buscan comprender, sino imponer; que no dialogan, sino que golpean. Son las que niegan hechos evidentes porque no encajan en su ideología, las que justifican lo injustificable o convierten a las personas en cosas. Las que hablan de “los otros” como si fueran menos que humanos. Ahí ya no hay pensamiento, hay puro rechazo, puro odio disfrazado de opinión.
Y entonces aparece ese recurso tan manido: “es solo mi opinión”. Como si decirlo fuera una especie de salvoconducto moral. Como si todo quedara justificado por el simple hecho de pensar algo. Pero no, no basta con pensar para tener razón. Pensar mal también es posible.
Hay frases que ya vienen con trampa incorporada, como una sonrisa amarga:
“Hoy en día no se puede decir nada”… normalmente justo después de haber dicho algo que no se sostiene.
“Voy a ser políticamente incorrecto, pero…”… y uno ya sabe que lo que viene detrás suele estar bastante torcido.
“Si no respetas mi opinión, eres intolerante”… que es una forma muy hábil de convertir la crítica en culpa.
La tolerancia, bien entendida, no es aceptar cualquier cosa sin rechistar. Eso no es tolerancia, es dejadez. O peor aún, es complicidad silenciosa. Porque hay opiniones que, si se aceptan sin más, acaban haciendo daño de verdad. Y frente a eso, no solo es legítimo discrepar: a veces es una obligación moral.
Decir que todas las opiniones merecen respeto puede sonar muy noble, pero en la práctica se convierte muchas veces en un escudo para proteger lo indefendible. Es como poner al mismo nivel una reflexión honesta y un disparate dañino. Y no, no todo pesa igual.Otra cosa distinta es la libertad de expresión. Esa sí es un pilar básico de cualquier sociedad que quiera llamarse libre. Sin ella, la democracia se queda muda. Pero tampoco es un derecho absoluto, por mucho que algunos lo repitan.
El propio derecho internacional lo deja claro. Documentos como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, la Convención Americana sobre Derechos Humanos o el Convenio Europeo de Derechos Humanos establecen que esa libertad tiene límites. Y no por capricho, sino para proteger otros derechos igual de importantes.
Para que una limitación sea legítima, se exige algo bastante sensato, lo que se conoce como el “test de las tres partes”. En el fondo, es una forma de evitar que el poder actúe de manera arbitraria.
Primero, que la restricción esté en la ley, y además de forma clara. Nada de normas ambiguas que se puedan usar según convenga.
Segundo, que persiga un objetivo legítimo: proteger el honor de las personas, la seguridad, el orden público, la salud o a los menores.
Y tercero, que sea necesaria de verdad. Es decir, que no haya otra forma menos agresiva de conseguir ese mismo fin, y que el daño que se cause a la libertad de expresión no sea mayor que el beneficio que se pretende.
Aquí es donde entra el equilibrio, esa especie de tensión serena que toda democracia necesita: proteger la libertad sin permitir que esa libertad se convierta en herramienta para hacer daño.
Al final, convivir en sociedad es eso, un equilibrio continuo. Ni todo vale, ni todo se puede prohibir. Ni el silencio impuesto, ni el ruido sin límites.
Porque una sociedad sana no es la que calla, ni la que grita sin pensar. Es la que sabe distinguir entre una opinión discutible y una que cruza la línea de lo aceptable. Y esa línea, aunque a veces sea difusa, existe. Y conviene no olvidarlo.
Comentarios
Publicar un comentario