HISTORIA
Hay pueblos que llevan la historia tatuada en el alma. El iraní es uno de ellos
De Persia a Irán:
la historia milenaria de un imperio
Hay pueblos que llevan la historia tatuada en el alma. El iraní es uno de ellos. Antes de que existiera Roma, antes de que Grecia fuera Grecia, ya había reyes en la meseta de Irán que soñaban con gobernar el mundo. Fue allí donde nació el primer gran imperio de la humanidad, aquel que Ciro el Grande forjó no solo con la espada, sino con una idea tan sencilla como revolucionaria: se puede conquistar un imperio con el respeto, gobernar a los pueblos sin aplastar sus dioses ni sus costumbres.
Porque los antiguos persas entendieron algo que otros tardarían siglos en aprender: la fuerza cansa, pero la dignidad perdura. Por eso, cuando liberaron a los judíos del cautiverio en Babilonia, no lo hicieron por estrategia, sino porque creían que cada pueblo tenía derecho a vivir a su manera. Por eso, cuando construyeron ese camino real que atravesaba el imperio de punta a punta, no solo unieron ciudades, unieron almas. Y por eso, cuando enseñaban a sus hijos a montar a caballo, a disparar el arco y a decir la verdad, estaban construyendo algo más que soldados: estaban forjando una civilización.
Esa Persia milenaria cayó, como caen todos los imperios. Primero bajo las sandalias de Alejandro, después bajo el ímpetu de los ejércitos árabes que trajeron una fe nueva. Pero lo asombroso del pueblo persa es que supo hacer lo que pocos han logrado: aceptar la derrota sin perder el alma. Aceptaron el Corán, pero hicieron del persa la lengua de la poesía y la cultura. Abrazaron el islam, pero encontraron en el chiismo una forma de seguir siendo ellos mismos. Y cuando, siglos después, los safávidas unificaron el país y proclamaron su independencia, no estaban fundando una nación nueva: estaban despertando a una muy antigua.
Ese es el Irán que late bajo la piel del Irán de hoy. Un país que ha visto pasar imperios, que ha resistido invasiones, que ha sobrevivido a todo porque lleva dentro algo indomable. Y eso es precisamente lo que hace tan fascinante su historia reciente, porque cuando en 1979 el pueblo iraní se levantó contra su sha, no lo hizo solo contra un hombre: lo hizo contra un siglo entero de humillaciones, de injerencias extranjeras, de promesas rotas.
Porque para entender lo que ocurrió aquel año, hay que retroceder un poco, hasta los albores del siglo XX, cuando Irán era una sombra de lo que había sido, un país gobernado por una dinastía débil que veía cómo rusos y británicos se repartían su territorio como quien parte un pastel. Y entonces apareció el petróleo.
El oro negro cambió todo. Convirtió a Irán en el centro de todas las miradas, en el premio que todos querían arrebatar. Los británicos se hicieron con el control de la industria petrolera, y durante décadas se llevaron la riqueza mientras el país se hundía en la pobreza. Fue entonces cuando un oficial llamado Reza Khan dio un golpe de estado, se proclamó sha y fundó la dinastía Pahlavi con un propósito claro: modernizar Irán a cualquier precio, aunque para ello tuviera que pasar por encima de su propia gente.
Construyó ferrocarriles, carreteras, escuelas. Trató de limitar el poder del clero, de occidentalizar el país a golpe de decreto. Pero su gobierno fue una dictadura, y cuando en la Segunda Guerra Mundial mostró simpatía por los nazis, los aliados no dudaron: invadieron Irán, lo obligaron a abdicar y colocaron en el trono a su hijo, Mohammad Reza Pahlavi.
El nuevo sha aprendió bien la lección. Gobernar significaba alinearse con Occidente, y eso hizo. Se convirtió en el aliado más fiel de Estados Unidos en la región, el guardián de sus intereses, el comprador de sus armas. Pero dentro del país crecía un sentimiento que ningún ejército podía aplastar: el orgullo herido de un pueblo que veía cómo su riqueza se esfumaba mientras los extranjeros decidían su destino.
Ese orgullo encontró voz en un hombre: Mohammad Mossadegh. Nacionalista, carismático, profundamente iraní. Cuando en 1951 llegó al poder, hizo lo impensable: nacionalizó el petróleo. Arrebató a los británicos lo que consideraban suyo, y por un momento, Irán recuperó la dignidad.
Duró poco. Reino Unido y Estados Unidos no podían permitir que el ejemplo cundiera. La CIA y el servicio secreto británico organizaron un golpe de estado, la Operación Ajax, y derrocaron a Mossadegh. El sha, que había huido asustado, regresó triunfante, pero para los iraníes aquello fue una humillación que nunca olvidarían. Su país no era dueño de su destino. Su gobierno era un títere. Y el resentimiento comenzó a crecer, lento pero implacable, como la lava bajo un volcán.
Con el respaldo incondicional de Estados Unidos, el sha lanzó entonces su ambicioso programa de modernización: la Revolución Blanca. Dio el voto a las mujeres, repartió tierras, construyó infraestructuras, llevó el progreso a los rincones más remotos. Durante un tiempo, Irán vivió un boom económico que deslumbró a propios y extraños. Pero ese progreso fue un espejismo. Benefició a una minoría rica y occidentalizada, mientras la mayoría tradicional y religiosa se hundía en la pobreza y el desarraigo.
Y estaba la SAVAK. La policía secreta del sha, temida y brutal, que aplastaba cualquier atisbo de disidencia con mano de hierro. No importaba si eras comunista o religioso, si protestabas en la calle o en la mezquita: la SAVAK te encontraba, te torturaba, te hacía desaparecer. Así se sostuvo el trono del sha durante años. Así se ganó el odio de millones de iraníes.
El sha no era precisamente un demócrata. Su régimen era una dictadura. Pero también es cierto que bajo su mandato Irán vivió lo que algunos llaman una “modernización forzosa”. Las mujeres podían votar (ahora no), vestir como quisieran (ahora no), estudiar en la universidad (ahora menos), trabajar en profesiones liberales (ahora no). En los años sesenta y setenta, Teherán era una ciudad mucho más abierta que muchas capitales árabes. La economía creció, sobre todo gracias al petróleo. Se construyeron infraestructuras, carreteras, universidades, hospitales. Una clase media urbana, educada y occidentalizada empezó a tomar forma. Culturalmente, Irán vivió una efervescencia: cine, literatura, música…había un ambiente que, para una minoría, resultaba estimulante.
Pero el problema, y es un problema enorme, es que ese progreso fue profundamente desigual. Benefició a una minoría, sobre todo en las grandes ciudades, mientras que en las zonas rurales y entre las clases populares más tradicionales, la pobreza y el desarraigo campaban a sus anchas. La Revolución Blanca, con sus reformas agrarias mal gestionadas, desplazó a miles de campesinos que llegaron a las ciudades buscando un futuro que no siempre encontraban.
Además, el sha gobernaba con una soberbia que le granjeó enemigos por todas partes. Se veía a sí mismo como el heredero de los antiguos reyes de reyes, el "Luz de los Arios", y toleraba mal la crítica. Su corte era un universo de lujo y corrupción que contrastaba brutalmente con la pobreza de las clases bajas.
Y luego está la relación con Estados Unidos. Para muchos iraníes, el sha era un títere, un hombre que había llegado al poder gracias a un golpe organizado por la CIA y que gobernaba para complacer a Washington, no para servir a su pueblo. Ese resentimiento, esa herida abierta desde 1953, fue caldo de cultivo para la revolución.
Así que sí, probablemente bajo su dictadura había ciertos espacios de libertad para unos pocos, sobre todo si no te metías en política y formabas parte de esa minoría privilegiada. Pero para la mayoría, para los pobres, los religiosos, los que vivían lejos de Teherán, esa libertad era un lujo inalcanzable.
Pero la otra cara de la moneda fue totalmente distinta. La revolución de 1979 fue un estallido de esperanza para mucha parte del pueblo iraní. millones de personas salieron a la calle convencidas de que, por fin, iban a ser dueños de su destino. El sha se fue, y parecía que todo era posible. Pero pronto empezaron a verse las grietas.
Jomeini no era un demócrata, desde luego. Él mismo lo dejó claro: el islam no entiende de democracia al estilo occidental, porque la soberanía no es del pueblo, sino de Dios. Y como Dios no habla directamente, habla a través de los clérigos. Así que el nuevo régimen se construyó sobre una base teocrática que, en la práctica, resultó tan autoritaria como la anterior, pero con un envoltorio muy distinto.
La libertad que algunos añoraban del sha desapareció por completo. La policía religiosa vigilaba las calles. Las mujeres que antes podían vestir a la europea tuvieron que cubrirse con el velo obligatorio. La música, el cine, la literatura, todo pasó por el filtro de la censura islámica. Los castigos se volvieron más duros, las ejecuciones más frecuentes, y los opositores, ya fueran comunistas, liberales o simplemente críticos, acabaron en las cárceles o frente a los pelotones de fusilamiento.
Y luego está el precio que pagó el pueblo. La guerra contra Irak, que duró ocho largos años, se cobró cientos de miles de vidas y dejó el país devastado. Las sanciones internacionales, en parte provocadas por la retórica radical del nuevo régimen, asfixiaron la economía. El dinero del petróleo, que antes se repartía (mal, pero se repartía), ahora se destinaba a sostener la revolución, a financiar guerras proxy en la región, a mantener un aparato represivo y unas estructuras religiosas que engullían recursos sin fin.
Para muchos iraníes, la revolución fue una gran decepción. Habían cambiado un dictador con traje por otro con turbante. Habían pasado de una dictadura secular a una dictadura religiosa. Y en el camino, habían perdido muchas de las libertades que, aunque limitadas, existían. La economía, lejos de mejorar, se hundió. El aislamiento internacional se hizo crónico.
Y ahí está la paradoja iraní. El sha no era bueno, su régimen era opresor y desigual. Pero Jomeini tampoco trajo la libertad que prometía, sino una opresión de otro signo, quizás más asfixiante por lo íntimo, por lo cotidiano, por meterse en la forma de vestir, de rezar, de amar.
El pueblo iraní, en su lucha por la dignidad, cambió un yugo por otro. Y eso explica muchas cosas del Irán de hoy: el desencanto de tantos jóvenes que no vivieron la revolución, la nostalgia (idealizada, desde luego) de algunos mayores por los tiempos del sha, y esa mezcla de orgullo nacional y hartazgo político que se respira en las conversaciones de cualquier iraní cuando habla de su país.
Es la tragedia que atraviesa la historia reciente de Irán: la de un pueblo que, buscando la libertad, se encontró con otra cárcel.
La oposición encontró su líder en un hombre de mirada penetrante y palabra de fuego: el Ayatolá Ruhollah Jomeini. Desde el exilio, sus mensajes grabados en casetes baratos recorrían el país de mano en mano, de mezquita en mezquita. Jomeini no hablaba de política, hablaba de dignidad. No prometía reformas, prometía justicia. Denunciaba al sha no solo como dictador, sino como títere de Estados Unidos, como alguien que había traicionado la esencia misma de Irán. Y el pueblo escuchaba.
La chispa saltó en enero de 1978. Un artículo publicado en un periódico oficial insultaba a Jomeini, y las ciudades santas estallaron. Esta vez fue diferente. Las protestas crecieron, se extendieron, se hicieron incontables. El ejército disparó, mató, pero ya no pudo contener la marea. Millones de personas salieron a las calles de Teherán, de Qom, de Tabriz, de Isfahán, con una única consigna: "¡Muerte al sha!"
El 16 de enero de 1979, Mohammad Reza Pahlavi, enfermo de cáncer y abandonado por sus aliados, subió a su avión dorado y abandonó Irán para siempre. Dicen que cuando el avión despegó, el país entero contuvo el aliento. Dos semanas después, un avión comercial procedente de París aterrizaba en Teherán. De él bajó un hombre vestido de negro, con barba blanca y ojos de profeta. Era Jomeini. Millones de personas lo esperaban. Lloraban, gritaban, se abrazaban. Había terminado un imperio de 2.500 años. Había comenzado la Revolución Islámica.
El nuevo régimen se definió rápido. En un referéndum, los iraníes votaron abrumadoramente a favor de establecer una República Islámica. Se redactó una constitución que otorgaba la máxima autoridad a un líder religioso supremo, el Valí-e Faqih, cargo que ocupó el propio Jomeini. Se implantó la ley islámica, la sharia, y se purgaron todas las instituciones del anterior régimen. Y se definió una política exterior basada en la oposición radical a Estados Unidos, al que llamaban el "Gran Satán", y a Israel.
Solo unos meses después llegó la primera gran crisis. Un grupo de estudiantes radicales asaltó la embajada de Estados Unidos en Teherán y tomó como rehenes a 52 diplomáticos y ciudadanos estadounidenses durante 444 largos días. Exigían la entrega del sha, que estaba siendo tratado de su cáncer en un hospital de Nueva York. El intento fallido de rescate militar ordenado por Jimmy Carter humilló aún más a Estados Unidos y consolidó el poder de los sectores más radicales en Irán. La crisis envenenó las relaciones bilaterales para siempre.
Y entonces llegó la guerra. En septiembre de 1980, el dictador iraquí Saddam Hussein, con el apoyo de las potencias árabes y occidentales, incluido Estados Unidos, invadió Irán. Creía que la revolución había dejado al país débil y desorganizado, que una guerra relámpago le daría una victoria fácil. Se equivocó. Irán resistió con una ferocidad que nadie esperaba. Miles de jóvenes, algunos apenas niños, se lanzaron a los campos de minas convencidos de que el paraíso los esperaba. La guerra se prolongó durante ocho largos años, con cientos de miles de muertos por ambos bandos, el uso de armas químicas por parte de Irak contra soldados y civiles iraníes, y un saldo final de devastación y odio. Irán logró expulsar a los invasores, pero quedó marcado a fuego por la certeza de que Occidente estaba contra ellos.
Desde entonces, la lucha contra Israel se convirtió en el eje de la política exterior iraní. No era un odio ancestral, porque durante siglos judíos y persas habían convivido en paz, e incluso bajo el sha habían sido aliados. Era un odio nuevo, construido deliberadamente a partir de 1979 por razones políticas e ideológicas. Irán necesitaba liderar el mundo musulmán, cohesionar a su población tras la revolución y proyectar poder en la región. La causa palestina le ofrecía la bandera perfecta.
Así comenzó a apoyar militar y económicamente a grupos opuestos a Israel: Hezbolá en el Líbano, Hamás en Palestina. Se convirtió en el principal enemigo regional de Israel, y el conflicto se enquistó como uno de los más peligrosos de Oriente Medio.
A partir de los años 2000, una nueva sombra se cernió sobre Irán: la comunidad internacional, liderada por Estados Unidos e Israel, lo acusó de intentar desarrollar armas nucleares bajo la cobertura de un programa civil. Irán siempre lo negó, pero las sospechas bastaron para imponer durísimas sanciones económicas que asfixiaron al país.
En 2015, tras años de negociaciones, se logró un histórico acuerdo nuclear, el Plan de Acción Integral Conjunto, por el que Irán aceptaba limitar su programa a cambio del levantamiento de las sanciones. Fue un momento de esperanza, pero duró poco. En 2018, el presidente estadounidense Donald Trump rompió el acuerdo unilateralmente y volvió a imponer las sanciones. Las tensiones se dispararon.
En ese contexto de máxima tensión, una figura destacaba por encima de todas: el general Qasem Soleimani. Para muchos iraníes era un héroe nacional, el hombre que había defendido al país contra los yihadistas del Estado Islámico, el estratega que había extendido la influencia de Irán por toda la región. Para otros, era el principal responsable de que Oriente Medio viviera permanentemente al borde del abismo. Lo cierto es que Soleimani era el arquitecto de la política exterior iraní, el artífice de una red de alianzas que se conocería como el "Eje de la Resistencia".
Porque Soleimani sabía algo fundamental: Irán no podía enfrentarse directamente a Estados Unidos o a Israel sin arriesgarse a una guerra devastadora. Así que tejió una telaraña, una red de aliados que actuarían como sus brazos en la región. No eran alianzas formales entre estados, sino vínculos más sutiles: grupos armados, movimientos políticos, milicias que compartían intereses con Irán y recibían su apoyo.
El primero y más importante era Hezbolá en el Líbano, el aliado más antiguo y fiel, nacido al calor de la resistencia contra la invasión israelí en los años ochenta. Luego estaba Hamás en Palestina: aunque suní y no chií, la necesidad de enfrentar al enemigo común pesaba más que las diferencias religiosas. En Yemen surgieron los hutíes, una milicia de la minoría chií zaidí que con los años se convertiría en uno de los aliados más activos y también más incómodos para Occidente, sobre todo por su capacidad para afectar al tráfico marítimo en el mar Rojo. En Irak, tras la invasión estadounidense de 2003, brotaron decenas de milicias chiítas agrupadas en las Fuerzas de Movilización Popular, muchas de ellas financiadas, armadas y entrenadas por Irán. Y durante mucho tiempo, Siria fue la pieza clave que lo conectaba todo: el régimen de Bashar al Assad permitía el paso de armas, combatientes y suministros por su territorio, sirviendo de puente entre Irán y Hezbolá.
Esa red, sin embargo, ha sufrido golpes muy duros en los últimos años. Hezbolá y Hamás han sido debilitados militarmente, Siria ha dejado de ser un aliado fiable tras la caída del régimen de Assad, y las milicias de Irak viven bajo presión constante. Quien ha ganado protagonismo son los hutíes de Yemen, demostrando que pueden perturbar el comercio internacional y mantener en jaque a potencias mucho más poderosas.
En este tablero también hay dos grandes potencias que observan desde fuera: Rusia y China. Ambos son socios importantes para Irán, sobre todo en el terreno económico y diplomático. Le compran petróleo, le venden armas, le dan apoyo en los foros internacionales y le ayudan a esquivar las sanciones.
Pero cuando las balas empiezan a volar, su apoyo se queda en declaraciones y gestos. No envían soldados, no arriesgan sus ejércitos. Por eso, de forma paradójica, los verdaderos aliados de Irán en el campo de batalla no son esos gigantes, sino los miembros de la red que Soleimani ayudó a construir. Ellos son los que ponen los combatientes y los muertos. Las grandes potencias aportan dinero y equilibrio, pero quienes sangran sobre el terreno son esos otros.
El 3 de enero de 2020, un dron estadounidense lanzó varios misiles contra un convoy en el aeropuerto de Bagdad. Qasem Soleimani murió en el acto. Donald Trump ordenó el ataque y lo justificó diciendo que Soleimani planeaba acciones inminentes contra estadounidenses. Irán respondió lanzando misiles contra bases de Estados Unidos en Irak, y el mundo contuvo el aliento ante la posibilidad de una guerra abierta. Finalmente, la situación se controló, pero la hostilidad alcanzó un nivel nunca visto.
Durante décadas, Irán e Israel habían librado una "guerra en la sombra", con ataques cibernéticos, asesinatos selectivos de científicos nucleares iraníes atribuidos a Israel, y bombardeos israelíes contra posiciones iraníes en Siria.
Pero en abril de 2024, algo cambió para siempre. Tras un ataque israelí contra el consulado iraní en Damasco que mató a altos comandantes, Irán lanzó un ataque directo sin precedentes desde su territorio contra Israel: cientos de drones y misiles surcaron el cielo. La gran mayoría fueron interceptados por Israel y sus aliados, y el ataque fue limitado, pero marcó un hito histórico. Era la primera vez que Irán atacaba militarmente a Israel de forma directa. Era la respuesta a décadas de agresiones encubiertas, la demostración de que el "Gran Satán" y su principal aliado regional no podían seguir golpeando impunemente.
Hoy, Irán sigue siendo ese país contradictorio y fascinante. Heredero de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, orgulloso de su lengua y su cultura, pero también lastrado por décadas de aislamiento, sanciones y conflictos. Un país que tiene en su memoria la gloria de Ciro y la humillación del golpe de la CIA, la fe de los peregrinos de Qom y el ingenio de sus científicos nucleares, el fervor revolucionario y el cansancio de un pueblo que solo quiere vivir en paz. Un país, en definitiva, que sigue buscando su lugar en el mundo, tratando de conciliar lo que fue con lo que quiere ser.
Y entonces, cuando parecía que la tensión no podía ser mayor, llegó lo que nunca imaginamos.
El pasado 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una operación militar conjunta masiva contra Irán. Washington la llamó "Operación Furia Épica" (Epic Fury); Israel, "Operación Rugido del León" . Pero los dos países atacaron juntos, de la mano, con un objetivo declarado que pocas veces se había expresado con tanta claridad: derrocar al régimen de los ayatolás .
La ofensiva no fue un ataque selectivo como el de junio del año anterior. Esto fue otra cosa. Fue una auténtica campaña bélica, con bombardeos sobre infraestructuras y ciudades, con más de 2.000 objetivos atacados en todo el país . Y entre los primeros blancos, estaba el complejo del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, el hombre que había gobernado Irán con mano de hierro durante más de tres décadas, desde la muerte de Jomeini en 1989.
Horas después, el presidente Donald Trump confirmaba en sus redes sociales lo que el mundo empezaba a sospechar: Jameneí había muerto . Con él cayeron también otros altos cargos del régimen: el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohamed Pakpur, entre otros . La cúpula del poder iraní, la que había sostenido al régimen durante décadas, quedaba decapitada de un solo golpe.
Pero lo más escalofriante de todo es cuándo ocurrió. Porque Estados Unidos e Irán estaban en plenas negociaciones en Ginebra. El jueves anterior, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, había declarado que se estaban logrando "buenos avances" y que las conversaciones continuarían el lunes siguiente en Viena . El viernes, el ministro de Exteriores de Omán, que mediaba entre las partes, aseguró que un acuerdo de paz estaba "a nuestro alcance" . Horas después, los bombardeos comenzaron.
El mediador omaní escribió en redes sociales que estaba "consternado" y que "una vez más se han visto socavadas negociaciones activas y serias" . La sensación de traición, de haber sido engañados, se extendió como la pólvora.
La justificación de Washington fue la de siempre: Irán planeaba atacar objetivos estadounidenses de manera preventiva, y sus ambiciones nucleares suponían un peligro para el mundo . Trump, en un mensaje en video, instó a los ciudadanos iraníes a "tomar el control de su gobierno", asegurando que esta era "su única oportunidad en generaciones" . También aprovechó para recordar viejos agravios: la crisis de los rehenes de 1979, el apoyo de Irán al terrorismo, la represión de las protestas que habían sacudido el país en diciembre y enero, donde murieron miles de manifestantes .
Y entonces llegó la respuesta de Irán. Porque si algo ha demostrado este pueblo a lo largo de su historia milenaria, es que sabe resistir. Horas después de los bombardeos, Irán lanzó su propia ofensiva, a la que llamó "Operación Promesa Verdadera IV" . Misiles y drones iraníes impactaron contra bases militares estadounidenses en Baréin, Catar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí . También llovieron sobre Israel . Y, en un movimiento de una audacia increíble, Irán cerró el estrecho de Ormuz, esa angosta franja de agua por donde pasa una quinta parte de todo el petróleo que se comercia en el mundo . La Guardia Revolucionaria advirtió que el paso de buques ya no era seguro .
El mundo entero contiene el aliento. Las bolsas asiáticas y europeas tiemblan, los precios del petróleo se disparan, y decenas de miles de viajeros quedan varados cuando media docena de países cerraron su espacio aéreo . La guerra, que había empezado como un conflicto entre dos bandos, empezaba a extenderse como una mancha de aceite.
La comunidad internacional reaccionó con cautela y división. La Unión Europea pidió "máxima moderación" y "pleno respeto al derecho internacional", sin condenar expresamente los bombardeos, aunque cargando duramente contra el "régimen asesino de Irán" . El secretario general de la ONU, António Guterres, condenó la "escalada militar" de todas las partes y pidió el cese inmediato de las hostilidades . Rusia denunció que Estados Unidos e Israel estaban "hundiendo a Oriente Próximo en un abismo".
Y en medio de todo esto, un detalle que a algunos les parecerá menor, pero que dice mucho del momento que vivimos: España se negó a permitir que Estados Unidos usara las bases de Morón y Rota para la guerra. La respuesta de Trump no se hizo esperar. Primero amenazó con cortar "todo el comercio" con España. Luego, en una entrevista, la llamó "perdedora" y dijo que era "muy hostil con la OTAN" . Pedro Sánchez le respondió diciendo que España no iba a ser cómplice de una guerra que consideraba "injustificada y fuera de la legalidad internacional". Mientras tanto, el Reino Unido, con más cautela, enviaba cazas a Catar y destructores a Chipre
Hoy, cuando escribo esto, es 5 de marzo de 2026. El conflicto lleva seis días. Seis días en los que han muerto más de mil personas, entre ellas más de un centenar de niñas en el bombardeo de una escuela primaria en el sur de Irán . Seis días en los que la guerra se ha extendido a Líbano, donde Israel ha reiniciado su conflicto con Hezbolá y ha ordenado el desalojo de cuatro barrios de Beirut . Seis días en los que Azerbaiyán ha denunciado ataques con drones iraníes en su territorio . Seis días en los que un submarino estadounidense ha hundido un buque de guerra iraní en aguas internacionales, algo inédito desde la Segunda Guerra Mundial .
Y nadie sabe lo que puede pasar mañana. Los analistas hablan de un "momento existencial" para el régimen iraní, que ahora lucha por sobrevivir . La única forma de resistir, dicen, es exportar la guerra a toda la región, desestabilizar tantos países como sea posible, hacer que este conflicto tenga consecuencias para todos . Porque cuando no tienes nada que perder, cualquier cosa vale.
Mientras tanto, el pueblo iraní, ese mismo que lleva la historia tatuada en el alma, vuelve a estar en medio de todo. Entre los regímenes que los oprimieron y la promesa de libertad que viene en forma de bombas. Entre el miedo a lo que dejan y la incertidumbre de lo que vendrá. Entre la esperanza de un cambio y el terror de que ese cambio llegue demasiado tarde o demasiado caro.
Porque al final, la cuestión no es elegir entre el sha y Jomeini, entre una dictadura con traje y otra con turbante. La cuestión es si algún día, por fin, el pueblo iraní podrá ser dueño de su propio destino. Sin tutelas, sin imposiciones, sin que nadie decida por él cómo debe vivir, cómo debe vestir, cómo debe rezar. Esa es la verdadera revolución pendiente. Y mientras esa revolución no llegue, Irán seguirá siendo ese país fascinante y contradictorio, atrapado entre la gloria de su pasado y la incertidumbre de su futuro.
Y nosotros, desde fuera, solo podemos mirar y esperar, sabiendo que lo que ocurra allí nos afectará a todos. Porque el mundo es un pañuelo, y Oriente Próximo, para bien o para mal, sigue siendo el centro del tablero.
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