Del Ágora a la trinchera: El arte perdido de escucharnos
jueves. 5 de marzo de 2026
Hoy la política se ha vuelto un lugar irrespirable. Se ha instalado entre nosotros una especie de crispación eléctrica, un ruido constante que parece alimentarse del rechazo sistemático a lo que piensa el de enfrente. Da la sensación de que ya no queremos convencer, sino vencer; no queremos proponer, sino imponer nuestros postulados "a fuego", como si la ideología fuera un hierro candente con el que marcar al adversario.
Siempre han existido discrepancias, faltaría más. La ideología es, en esencia, la lente con la que miramos el mundo. El problema surge cuando esa lente nos traiciona y nos obliga a posicionarnos en un bando donde el matiz está prohibido. Nos encerramos en el "yo soy azul y tú eres rojo", y desde esa trinchera, la convivencia se convierte en una baja de guerra. Es un decir, claro, pero un decir que duele: estamos dispuestos a sacrificar el respeto, la amistad e incluso la familia por defender unas siglas que, a menudo, ni siquiera nos representan del todo.
Se ha perdido el lugar para la conversación apaciguada. Esa charla sin prisa en la que uno intenta entender la postura del otro, no para darle la razón, sino para comprender sus motivos. Hoy, intentar entender al "enemigo" se interpreta como una debilidad o una traición. Preferimos avasallar, gritar más fuerte y levantar muros de hormigón dialéctico.
¡Cuán distinta es esta selva de la Política de Aristóteles!
Para el sabio macedonio, la política era la actividad más noble del ser humano. No era un campo de batalla, sino el arte de vivir juntos en la polis. Aristóteles hablaba de la amistad civil, ese afecto básico entre ciudadanos que permite que la sociedad no se desmorone. Él entendía que la política era el espacio donde la palabra (el logos) servía para buscar el bien común, no para aniquilar al vecino. En su mundo, el objetivo era la virtud y el equilibrio, no la imposición de una hegemonía absoluta.
Hemos pasado de buscar la justicia común a buscar la victoria total. Y en esa victoria total, siempre pierde la convivencia. Quizás sea el momento de apagar un poco la televisión, cerrar las redes sociales y volver a sentarnos en un banco de la plaza para hablar con quien piensa diferente. No para cambiarle, sino para recordarnos que, antes que azules o rojos, somos vecinos compartiendo el mismo viaje trabado en el tiempo.
Al fin y al cabo, si la política no sirve para que vivamos mejor juntos, ¿para qué sirve entonces?
Conocemos bien el clima que se respira en el Congreso de los Diputados de España y, lamentablemente, se aleja mucho de ese ideal aristotélico. Si tuviéramos que definir el tipo de política que se emplea hoy en el Parlamento español, tendríamos que hablar de una "política de bloques" o "política de polarización estratégica".
El Parlamento ha pasado de ser un lugar de debate a ser un plató de televisión.
Los discursos ya no se escriben para convencer al diputado del escaño de enfrente, sino para que el "clip" de 20 segundos se haga viral en las redes sociales o abra el telediario. Se busca el "zasca", la frase hiriente y el titular impactante. Esto anula cualquier posibilidad de conversación apaciguada.
En el Parlamento español, la discrepancia no es individual, es gregaria. Gracias a una disciplina de voto férrea, los diputados rara vez pueden salirse de la línea marcada por el partido. Esto crea dos muros infranqueables. No hay zonas grises: O estás conmigo o contra mí. Falta "transversalidad". Es casi imposible que un partido apoye una buena idea del rival, porque hacerlo se percibe como una derrota política o una debilidad ante su propio electorado.
Se emplea una política donde el adversario no es alguien que se equivoca, sino alguien que es ilegítimo.
Se utilizan etiquetas pesadas (fascista, comunista, traidor, golpista) para deshumanizar al otroCuando conviertes al oponente en un enemigo moral, ya no tienes que debatir sus leyes; simplemente tienes que impedir que gobierne. Es lo que se llama "imponer los postulados a fuego".
Aristóteles decía que la política requiere escucha. En el Congreso actual, lo que vemos es una sordera selectivaMientras un orador habla, los demás suelen estar mirando el móvil o preparando su réplica sin haber escuchado una palabra. No hay intercambio de ideas, sino una yuxtaposición de monólogos.
En los parlamentos españoles, ya sea el Congreso, el Senado, los parlamentos autonómicos o los mismos ayuntamientos, falta la "Política de la Transigir". En las democracias sanas, la política es el arte de ceder un poco para ganar todos algo. En los Parlamentos españoles actuales, ceder se confunde con rendirse.
Se emplea una política centrífuga (que expulsa al moderado hacia los extremos) en lugar de una política centrípeta (que busca el acuerdo en el centro). Es una política de "trinchera parlamentaria" que alimenta esa crispación.
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