GEOPOLÍTICA

Garganta de Ormuz

El Estrecho de Ormuz: La garganta por donde respira el mundo



jueves, 12 de marzo de 2026


Hay lugares en el mapa que no son solo puntos, sino arterias. El Estrecho de Ormuz es la más vital de todas: la garganta estratégica por donde el mundo industrial respira su dosis diaria de energía. No es simplemente un canal; es el pasillo obligado, el único corredor marítimo que conecta el gigantesco depósito de hidrocarburos del Golfo Pérsico con los sedientos mercados del planeta. Todo el petróleo y el gas de Arabia Saudí, Irak, Kuwait, Emiratos o Qatar debe, por fuerza de la geografía, cruzar este angosto umbral para llegar a su destino.


Sus orillas son un estudio de contrastes geopolíticos. Al norte y noreste, la costa iraní, árida y custodiada por las estribaciones de las montañas Zagros, mira al mar desde el gran puerto de Bandar Abbas. Al sur y suroeste, la costa no es la de un gigante petrolero, sino la de Omán, cuya península de Musandam se adentra en el estrecho como un fiordo árabe, un enclave montañoso de acantilados escarpados. Muy cerca, a menos de cien kilómetros del punto más crítico, se encuentran los Emiratos Árabes Unidos, una potencia comercial que observa de cerca, aunque sin tocar directamente el agua, el flujo del que tanto depende.


La geografía de este lugar es la de un embudo rocoso y profundo. A lo largo de sus casi 200 kilómetros de extensión, el estrecho se estrecha hasta tener sólo 34 kilómetros de ancho en su punto más sensible. Allí, en esa franja de agua, la profundidad supera los 60 metros, suficiente para que los superpetroleros más grandes del mundo, auténticas ciudades flotantes de acero, naveguen con un calado que roza los fondos marinos. Para ordenar este tráfico colosal, se han delimitado dos carriles de 3,2 kilómetros de ancho (uno de entrada y otro de salida) separados por una mediana de seguridad. Es una autopista líquida, y la mayor parte de sus carriles discurren por aguas jurisdiccionales de Omán, aunque el derecho internacional garantiza el paso para todos.


El control, sin embargo, es más complejo que una simple línea en el agua. Irán, que no domina los canales principales, posee una ventaja táctica innegable: un arco de islas (Qeshm, Hormuz, Hengam, Larak) que funcionan como portaaviones anclados frente a su costa. Desde ellas, y especialmente desde las tres islas en disputa con Emiratos (Abu Musa y las Tumb), Teherán puede proyectar su poder militar, sembrar minas o acechar con misiles y drones. Omán, por su parte, ejerce una soberanía más discreta pero legalmente crucial sobre las aguas por donde navegan los barcos.


La importancia de este punto se mide en barriles. En los últimos años, por esta angostura han transitado cada día entre 20 y 21 millones de barriles de petróleo, una quinta parte del consumo mundial y una cuarta parte de todo el crudo que viaja por mar. El 80% de ese flujo pone rumbo a Asia, alimentando las economías de China, India, Japón y Corea. A esto se suma una quinta parte del gas natural licuado (GNL) global. Cualquier interrupción, aunque sea una amenaza creíble, no es un problema local: es un latigazo inmediato en los precios de la energía y un escalofrío en la espina dorsal de la economía mundial.


Por eso, cuando Irán agita la espada del cierre, como ha hecho en las recurrentes crisis, el mundo contiene el aliento. Pero cerrar Ormuz no es tan sencillo como echar el cerrojo a una puerta. Su propia profundidad y anchura, que lo hacen vital, también lo hacen difícil de bloquear por completo. La Quinta Flota de Estados Unidos, con base en Bahréin, tiene como misión primordial garantizar esa libertad de navegación. Además, existen arterias secundarias: oleoductos saudíes y emiratíes que, aunque con capacidad limitada, pueden desviar parte del flujo hacia el mar Rojo, ofreciendo una válvula de escape.


En definitiva, el Estrecho de Ormuz es mucho más que un accidente geográfico. Es el punto donde la geología, la política y la economía global se funden en un equilibrio inestable. Un pasillo de agua, bordeado de montañas áridas, por donde cada día pasa la sangre que mantiene encendidas las luces del mundo. Su nombre evoca, con razón, no solo un lugar, sino el mismísimo pulso de la geopolítica energética.



https://www.youtube.com/watch?v=YanI356EDuU


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