PSICOLOGÍA
Yo, el cuervo y el espejo invisible
Cómo la vanidad te hace cuervo y la astucia te hace zorra.
Yo soy ese cuervo, no el de los cuentos lejanos, sino el que se posa muchas veces en su propia rama, con un trozo de queso en el pico y una necesidad silenciosa en el pecho. A simple vista parezco seguro, incluso orgulloso. Pero por dentro, a veces, estoy esperando algo muy concreto: que alguien mire hacia arriba… y me diga que soy el mejor.
Me gusta que me vean bueno.
Me gusta que me vean bonito.
Me gusta que me vean especial.
Y cuando eso ocurre, algo en mí se hincha, como si de pronto todo encajara. Como si ese halago fuera la prueba de que valgo.
Pero también me pasa lo contrario.
Cuando nadie dice nada, cuando el silencio es lo único que recibo, ese mismo aire que me inflaba se escapa. Y me quedo más pequeño, dudando, preguntándome si lo que hice realmente tenía valor.
Un día, como tantas veces, estaba en mi rama con mi queso. Y apareció la zorra.
—Qué cuervo más admirable… —dijo.
Y yo, sin darme cuenta, ya estaba a punto de abrir el pico.
No era por el queso. Era por lo que venía detrás. Por esa sensación de ser reconocido, de ser visto como quería verme.
Pero algo cambió.
Antes de soltarlo todo, me detuve un segundo. Un segundo solo. Y en ese pequeño silencio me miré por dentro.
Y me hice una pregunta que nunca me había hecho de verdad:
“¿Para quién estoy haciendo todo esto?”
No supe responder al instante.
Pero sí sentí algo incómodo: muchas veces no era para mí.
Era para esa mirada de fuera.
Para ese aplauso.
Para ese “qué bien lo haces”, “qué bueno eres”, “qué bonito te ha quedado”.
Y entonces lo vi claro, como si alguien encendiera una luz dentro de mí:
Me estaba olvidando de quien realmente tenía que quedar satisfecho.
De mí.
La zorra seguía hablando, pero ya no la escuchaba igual. Sus palabras sonaban bien, sí… pero ya no mandaban.
Noté el impulso de abrir el pico. Ese impulso de siempre. Pero esta vez no obedecí.
Pensé:
“No necesito demostrar nada ahora.
No necesito que nadie me confirme lo que soy.”
Y me quedé en silencio.
La zorra esperó, cambió el tono, incluso dudó. Pero yo no solté el queso. Esta vez no.
Y cuando se fue, me quedé solo. Sin aplausos. Sin público.
Solo yo… y yo.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí vacío.
Me sentí en paz.
Desde entonces, no he dejado de ser ese cuervo al que le gusta que le digan cosas bonitas. No me engaño. Sigo sintiendo ese calor cuando me halagan.
Pero ahora intento no depender de ello.
Ahora, cuando hago algo, me pregunto:
“¿Estoy satisfecho yo?”
“¿Me gusta a mí cómo lo he hecho?”
Y si la respuesta es sí, intento quedarme ahí un momento, sin salir corriendo a buscar que otros lo confirmen.
No siempre lo consigo. A veces vuelvo a caer, vuelvo a abrir el pico antes de tiempo y pierdo el queso.
Pero cada vez me pasa menos.
Porque estoy aprendiendo algo sencillo, pero importante:
Ser el mejor, el más bonito o el más bueno… no es para los demás.
Es, sobre todo, para uno mismo.
Moraleja:
Cuando buscas fuera lo que solo puedes darte dentro, siempre habrá una zorra esperando. Cuando aprendes a dártelo tú, el queso deja de estar en peligro.
Comentarios
Publicar un comentario