COSTUMBRES

Mercadona: lo que nos une


¿A que suena a anuncio? Pues casi podría parecerlo, sí… y mira que no sería mala idea aprovechar y rascar algún seguidor más. Pero nada más lejos de la realidad. No hay en estas líneas intención alguna de hacer publicidad —aunque el supermercado, dicho sea de paso, cae simpático—, sino simplemente contar una historia cotidiana en la que, casi sin darnos cuenta, todos acabamos reflejados.

A veces, en medio de tanto ruido, te paras y piensas en las cosas que nos separan. Y la lista es larga, ¿verdad? La política te divide hasta en la mesa de Navidad. La familia, con sus historias y sus silencios. La sociedad, que parece que cada vez tira más para su lado. El fútbol, que convierte un bar en un campo de batalla. Las pantallas y las redes, que te enchufan a un mundo donde todo el mundo grita y nadie se escucha. Las regiones españolas, ahora convertidas en comunidades autónomas, su propio nombre ya lo dice “autónomas”.

Es agotador. Da la sensación de que estamos todos en burbujas, cada uno en la suya, y que lo único que compartimos es el cabreo general.

Pero el otro día me pasó algo raro. Entré en un Mercadona de Oviedo, como hago siempre cuando voy por allí. Y de repente me vino el flash: joder, esto es igualito que el de Barcelona que estuve de vacaciones. Igualito que el de Almería. Que el de Huelva. Que el de Madrid. Da igual la ciudad, el barrio o la hora. Son todos prácticamente iguales.

Hay algo casi hipnótico en entrar en un Mercadona en cualquier punto de España. No importa si estás en una gran ciudad o en una población pequeña, si vienes de viaje o si es el de tu barrio de toda la vida. Das el primer paso, se abren las puertas… y ya sabes exactamente dónde estás.

Y no lo digo como crítica, sino más bien como una constatación curiosa, casi entrañable. En un país donde cada esquina cambia, donde cada región tiene su carácter, su acento, su forma de hacer las cosas, entras en uno de estos supermercados y es como si alguien hubiera pulsado el botón de “pausa” a las diferencias.

Todo está donde esperas que esté.

La fruta nada más empezar, bien colocada, como si te recibiera. Luego los pasillos, amplios, sin sorpresas, con esa lógica interna que uno aprende sin darse cuenta. No necesitas pensar demasiado: el cuerpo se mueve casi por inercia, como si ya hubiera estado allí cien veces… aunque sea la primera.

El mismo olor a pan recién hecho al entrar. Los mismos pasillos anchos y bien iluminados. El mismo personal con los mismos uniformes, la misma distribución: la fruta y la verdura primero, como si te dijeran “vamos a empezar por lo bueno”. Los mismos carritos que no se atascan. Las mismas cajeras que te sonríen de verdad y no de cara a la galería. El mismo “¿te ayudo con las bolsas?” aunque ya sepas que sí. Hasta el chorrito de aceite de oliva que te ponen en la ensalada del bar de dentro sabe igual en todos lados.

Y ahí está la gracia.

Mercadona no es solo un supermercado. Es una de las pocas cosas que, en este país tan nuestro, tan lleno de diferencias, nos pone a todos en el mismo sitio. Da igual que seas de derechas, de izquierdas, del Betis o del Madrid, que hables catalán, gallego o andaluz. Da igual que vengas de un pueblo de 200 habitantes o de una capital. Cuando cruzas esa puerta automática, de repente somos lo mismo: gente que necesita leche, pan, un buen jamón a buen precio y salir de allí sin que te hayan timado.

Es una tontería, lo sé. Pero es una tontería bonita.

Porque en un mundo donde todo cambia a cada segundo (gobiernos, modas, opiniones, incluso los amigos de WhatsApp), Mercadona se queda quieto. Cumple. Es fiable. Te da la misma experiencia en cualquier rincón de España. Y eso, sin pretenderlo, nos une, en cierta manera nos sentimos unidos. Nos recuerda que hay cosas que siguen funcionando igual para todos, como el DNI, sin importar de donde eres, ni de qué etnia eres, sin importar ni el acento.

No es que Mercadona vaya a salvar el mundo. Ni falta que hace. Pero sí que te hace sentir, aunque sea un ratito, que no estamos tan solos como parece. Que hay un sitio donde entras y sabes exactamente qué te vas a encontrar. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho.

Así que la próxima vez que vayas, fíjate. Mira a tu alrededor mientras coges el carro. Esa señora que está eligiendo tomates es de otro barrio, de otra ciudad, de otra ideología, de otra vida. Pero los dos estamos ahí, compartiendo el mismo pasillo, el mismo precio y la misma sensación de “aquí estoy en casa”.

Y eso, amigo mío, es lo que nos une.

Aunque solo sea un rato y con la lista de la compra en la mano.

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