CUENTOS/FÁBULAS/REFLEXIONES
La zorra y la cigüeña: cuando el abuso vuelve por el mismo camino
Hay fábulas antiguas que parecen cuentos para niños, pero luego uno mira alrededor y se da cuenta de que siguen pasando todos los días, solo que con chaqueta, móvil y cuenta bancaria.
La zorra invitó a cenar a la cigüeña, pero no la invitó por amistad, sino por fastidiar. Le puso la comida en un plato llano sabiendo que con aquel pico largo no podría comer nada. Ella sí, la otra no. Así funciona mucha gente en este mundo: te invita, te sonríe, te abre la puerta… pero ya ha pensado la manera de que tú salgas perdiendo.
Eso se ve hoy mucho.
Empresas que te ofrecen trabajo y luego las condiciones son imposibles. Bancos que te reciben con amabilidad mientras te colocan productos que no entiendes. Políticos que hablan de ayudar al pueblo mientras preparan la mesa para los de siempre. Personas que te piden opinión cuando en realidad solo quieren oírse a sí mismas.
Mucho plato llano hay por ahí.
Luego vino la respuesta de la cigüeña. Lo invitó a ella y le puso la comida dentro de una botella estrecha. La cigüeña comía metiendo el pico y la zorra se quedó mirando y relamiéndose sin poder probar bocado.
Es decir: probó su propia medicina.
Y eso también pasa mucho. El abusador un día se encuentra con alguien más listo. El tramposo cae en otra trampa mejor hecha. El que humillaba termina humillado. El soberbio acaba dependiendo de aquellos a los que despreciaba.
La vida tiene a veces esas ironías.
Pero la enseñanza más importante no es la venganza. Es otra. Consiste en no preparar las cosas solo para beneficio propio. En pensar que no todos tienen tu misma forma, tus mismas oportunidades ni tus mismas herramientas.
Hay jefes que exigen como si todos fueran máquinas. Hay ricos que opinan sobre pobreza sin haberla olido nunca. Hay jóvenes que desprecian a los mayores hasta que cumplen años. Hay sanos que no entienden la enfermedad hasta que les toca.
Muchos platos llanos diseñados por quien nunca tuvo pico largo.
Yo creo que el mundo iría mejor si antes de poner la mesa pensáramos un poco en quién se sienta enfrente. Porque si no lo haces por bondad, al menos hazlo por prudencia: nunca sabes cuándo te tocará comer de la botella.
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