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Fábula de la rana reventada y el buey, en el mundo de hoy

Las viejas fábulas, aunque nacieron hace siglos, siguen retratando al ser humano con una precisión casi incómoda. Cambian los escenarios, cambian las ropas, cambian las tecnologías, pero los defectos de fondo permanecen casi intactos. Uno de ellos es la comparación constante con el otro y el deseo enfermizo de parecer más de lo que uno es.

La historia de la rana y el buey parece sencilla. Una rana ve a un buey en el prado, admira su tamaño y, movida por la envidia, decide inflarse para igualarlo. Se hincha una vez, luego otra, luego otra más, hasta que termina reventando.

Y aunque parezca un cuento antiguo de animales parlantes, lo cierto es que esa rana sigue viva hoy. Solo que ya no está en un prado. Ahora vive en nuestras ciudades, en las pantallas, en los mercados, en la política, en la vida social y hasta en la intimidad de muchas personas.

El siglo de compararse con todos

Nunca en la historia fue tan fácil compararse con los demás. Antes uno se medía con su vecino, con un familiar, con alguien del barrio o del trabajo. Hoy uno se compara con miles de personas cada día sin salir de casa.

Se compara con cuerpos retocados, con vidas editadas, con fortunas aparentes, con viajes financiados a crédito, con parejas sonrientes que quizá discuten cinco minutos después de la foto. Todo un escaparate permanente donde casi nadie muestra la trastienda.

Y ahí empieza el inflado moderno.

Gente que quiere aparentar más dinero del que tiene. Más felicidad de la que siente.Más éxito del que vive. Más belleza de la que posee. Más poder del que realmente maneja.

Como la rana, muchos no buscan crecer de verdad, sino parecer grandes ante los demás.

Reventar por dentro

El problema es que hoy casi nadie revienta por fuera, como en la fábula. Se revienta por dentro. Se rompe la salud mental. Se agota la economía familiar. Se vive endeudado para sostener una imagen. Se trabaja sin descanso para mantener un nivel que no corresponde. Se entra en ansiedad por no llegar a estándares imposibles.

Hay personas que no viven su propia vida, sino una representación constante pensada para impresionar.Y eso desgasta enormemente.

Países rana y potencias buey

La moraleja también vale para las naciones. Hay países que quieren aparentar la fuerza de grandes potencias sin tener base económica, cohesión interna ni recursos suficientes. Gastan más de lo que pueden, prometen más de lo que pueden cumplir y juegan a ser gigantes cuando apenas sostienen sus propios cimientos.

La Alemania de Hitler quiso convertirse en potencia absoluta en muy pocos años. Rearmó el país, expandió fronteras, desafió a media Europa y construyó una imagen de invencibilidad. Durante un tiempo pareció el gran buey del continente. Pero aquel crecimiento estaba basado en violencia, fanatismo y guerra total. El resultado fue una explosión devastadora: millones de muertos, ciudades arrasadas y un país destruido moral y materialmente. La rana se hinchó demasiado deprisa.

La URSS fue una superpotencia real en muchos aspectos, pero también un ejemplo de inflado estructural. Quiso competir militarmente con Estados Unidos en todos los terrenos mientras arrastraba graves ineficiencias económicas internas. Mantenía una imagen de bloque sólido y poderoso, pero por dentro sufría escasez, burocracia y desgaste social. Parecía un buey gigantesco. Sin embargo, terminó desmoronándose sin una gran guerra exterior. A veces no hace falta estallar; basta con vaciarse por dentro.

Rusia es una potencia real por arsenal nuclear, territorio y recursos energéticos. Pero también arrastra problemas demográficos, dependencia económica y limitaciones industriales. Su deseo de proyectar estatus imperial superior a su base económica genera tensiones visibles. 

Turquía busca mayor influencia regional, mezcla legado otomano con ambición moderna y protagonismo geopolítico. Tiene peso real, pero también retos económicos importantes. 

En la primera mitad del siglo XX, Japón quiso convertirse en un gran imperio asiático dominando amplias zonas del Pacífico. Su capacidad militar era notable, pero sus recursos naturales eran limitados y su expansión dependía de una guerra continua.

El ataque a Pearl Harbor fue, en cierto modo, el salto de la rana que cree poder imponerse al buey mundial. La respuesta acabó siendo catastrófica.

Argentina tuvo momentos de enorme prosperidad y recursos extraordinarios. Podía haber consolidado una posición fuerte y estable. Sin embargo, durante décadas alternó políticas grandilocuentes, populismos, crisis monetarias, endeudamiento e inflación crónica. No es un caso militar, sino económico y psicológico: querer sostener un nivel de potencia sin disciplina institucional suficiente. Mucho potencial real, pero también demasiado inflado simbólico.

La Italia de Mussolini quería reconstruir una especie de nueva Roma imperial. Había mucha estética, desfiles, grandilocuencia y retórica de poder, pero una base industrial y militar claramente inferior a otras potencias. La imagen era más grande que la realidad.

También hay empresas que se inflan artificialmente con humo financiero.  La empresa ENRON es uno de los ejemplos clásicos, apariencia de empresa innovadora y poderosa, mientras escondía enormes problemas financieros. Terminó colapsando. WeWork, se presentó casi como una empresa tecnológica revolucionaria cuando en esencia alquilaba oficinas flexibles. La narrativa la infló mucho más que el negocio real.Theranos ofrecía promesas médicas espectaculares sin base tecnológica real suficiente. Terminó en escándalo. Burbuja puntocom a finales de los 90. Miles de empresas de internet con valoraciones disparadas sin ingresos sólidos. Algunas sobrevivieron y se hicieron gigantes; muchas desaparecieron. Por no hablar de casos modernos de empresas que quizá sí tengan negocio real, pero su valoración en ciertos momentos parece separarse demasiado de sus fundamentos, en sectores como el de los vehículos eléctricos, de inteligencia artificial, plataformas digitales, biotech emergente o de fintech. no todas están infladas. Algunas serán líderes reales. Otras eran o son solo moda.

En la BOLSA también existe la rana que quiso ser buey. Hay compañías pequeñas o mediocres que se hinchan con discursos, rondas de financiación y titulares brillantes. Mientras entra aire, parecen enormes. Cuando entra la realidad, revientan. 

Y líderes políticos que prometen ser bueyes cuando apenas gobiernan como ranas nerviosas. Y no se trata solo de líderes autoritarios, también ocurre en democracias: venden grandeza cuando no se puede garantizar solidez.

Ejemplo hay, como Mussolini en Italia. Benito Mussolini quiso presentar a Italia como heredera de un nuevo Imperio Romano. Mucha estética, desfiles, uniformes, grandilocuencia y discurso de potencia. Pero la base industrial, militar y logística italiana era muy inferior a la imagen proyectada. Cuando llegó la guerra real, la distancia entre propaganda y capacidad quedó al descubierto.  Mucho buey en los balcones, bastante rana en los talleres.

Gamal Abdel Nasser en Egipto.  Nasser fue un líder importante del nacionalismo árabe y tuvo logros reales, pero también encarnó una ambición regional enorme: liderar el mundo árabe, desafiar a grandes potencias y proyectar una fuerza superior a los recursos efectivos disponibles. La derrota de 1967 frente a Israel mostró los límites entre carisma político y capacidad estratégica. Saddam Hussein en Irak. Construyó una imagen de potencia regional invencible. Ejército grande, retórica dura, culto personal y aspiraciones de liderazgo árabe. Pero invadir Irán durante años y luego Kuwait terminó exponiendo que el músculo proclamado no equivalía a una fortaleza sostenible.Muamar Gadafi en Libia. Durante décadas proyectó imagen de revolucionario mundial, influyente en África y Oriente Medio, con ideas grandiosas y protagonismo constante. Sin embargo, gran parte de ese peso dependía del petróleo y del control interno, no de instituciones sólidas ni legitimidad duradera. Hugo Chávez / Nicolás Maduro en Venezuela. Chávez tuvo carisma, apoyo popular y capacidad comunicativa reales. Pero también impulsó una narrativa de potencia política continental sustentada en ingresos petroleros coyunturales. Cuando fallan las bases productivas y se agotan los recursos, el discurso de grandeza queda muy expuesto. Con Maduro, la fragilidad se hizo aún más visible.

La historia está llena de imperios que se inflaron demasiado y terminaron explotando.

La trampa de la envidia

La rana no muere solo por inflarse. Muere porque dejó de mirarse a sí misma.

Ese es el verdadero veneno de la envidia: desplaza la atención desde lo que uno puede desarrollar hacia lo que otro posee. En lugar de crecer desde dentro, se intenta copiar desde fuera. Y copiar sin fundamento suele acabar mal. No todos nacen para lo mismo. No todos necesitan lo mismo. No todos tienen la misma medida, el mismo ritmo ni el mismo destino. Pero esta sociedad parece empeñada en uniformar el deseo: todos ricos, todos bellos, todos visibles, todos triunfadores.

Y eso es una fábrica segura de frustración.

La grandeza discreta

Lo sensato sería otra cosa: conocer la propia medida sin complejos. Crecer desde lo que uno es. Mejorar sin teatralidad. Avanzar sin necesidad de aparentar. Una rana no necesita ser buey para tener valor. Puede saltar, nadar, cantar en su charca y cumplir su naturaleza perfectamente. El problema llega cuando desprecia lo que es y convierte la admiración ajena en obsesión personal.

Eso también nos pasa hoy.

Hay personas valiosas que se sienten fracasadas solo porque no parecen espectaculares ante los ojos del mundo.

La fábula de la rana reventada es más actual que nunca. Vivimos rodeados de hinchazones: egos hinchados, cuentas hinchadas, promesas hinchadas, imágenes hinchadas y vidas infladas con aire social.

Pero todo lo inflado artificialmente tiene un riesgo: tarde o temprano revienta.

Quizá la verdadera sabiduría moderna consista en algo muy antiguo: aceptar la propia medida, crecer con verdad y no convertir la envidia en proyecto de vida.

Porque quien vive queriendo ser otro, acaba perdiéndose a sí mismo.


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