REFLEXIONES

Los zombis de un domingo gris


Me asomo a la ventana. Hace un día gris, de esos que anuncian lluvia en cualquier momento. El cielo está encapotado y el aire trae esa humedad fría que uno espera en enero, no en un mes de mayo que ya debería oler a primavera. 

Son todavía las nueve de la mañana de un domingo silencioso, y la calle aparece casi vacía, como suspendida en una pausa.

No hay apenas gente. Solo alcanzo a ver a un hombre mayor caminando despacio, con la cabeza inclinada hacia la pantalla de su móvil. Lleva de la correa a un pequeño perro blanco, un yorkshire inquieto que parece más atento al mundo que su propio dueño. El animal olfatea, mira, tira suavemente; el hombre, en cambio, sigue absorto en esa luz rectangular que le guía más que sus propios ojos.

Enfrente aparece una chica en escena parecida. También camina leyendo el móvil, también pasea a su perro, aunque en este caso es uno grande, de porte serio, parecido a un pastor alemán. Ella avanza sin mirar alrededor, y el perro, casi con más sentido común que la persona, parece marcarle el rumbo.

La mañana continúa tranquila. No se oyen motores, ni voces, ni trajín de ciudad despierta. Solo algún ladrido lejano rompe por momentos ese silencio espeso que dejan los domingos fríos. Cerca de mi ventana surge luego una pareja paseando a sus perros. Ellos sí van conversando entre sí. No miran el teléfono. Caminan juntos, hablan, gesticulan, comparten algo tan sencillo como el trayecto. Y eso, hoy en día, casi parece una rareza.

Me pongo a pensar que, si no fuera por estos paseantes de perros —como yo los llamo con todo el cariño—, las calles de muchas ciudades estarían completamente desiertas a ciertas horas. Son los perros quienes obligan al ser humano a salir, a respirar aire fresco, a pisar acera, a recordar que existe un exterior. Quizá sin ellos habría personas capaces de pasar el día entero encerradas entre cuatro paredes y una pantalla, a lo mejor podría ser yo uno de ellos.

Pero lo que más me llama la atención no es eso, sino otra cosa más profunda: la gente camina sin mirar por dónde va. Andan de forma automática, con los ojos clavados en el móvil, como si el suelo, los árboles, el olor a tierra húmeda, el cielo gris o los demás peatones, siempre más imperecederos en el alma, fueran simples decorados sin importancia. Van aislados del mundo real, desconectados de lo inmediato, atrapados en una dimensión paralela que cabe en la palma de la mano.

Uno los observa y parecen autómatas. Cuerpos presentes, mentes ausentes. Caminantes sin paisaje. Como zombis modernos en busca no de sangre caliente, sino del alimento digital de cada día: mensajes de WhatsApp, vídeos de TikTok, fotos de Instagram, noticias fugaces, discusiones inútiles, distracciones sin fin. Cada cual metido en su cápsula invisible mientras la vida verdadera transcurre a su alrededor sin ser mirada.

Y me pregunto si no estaremos confundiendo progreso con evasión. Si no habremos cambiado el placer de observar una mañana de domingo por la necesidad compulsiva de mirar una pantalla. Antes la gente salía a la calle y veía la calle. Ahora sale a la calle y sigue dentro de casa, porque lleva consigo su encierro portátil.

Quizá por eso me gusta asomarme a la ventana. Desde aquí todavía veo el mundo tal como es: el de hoy, gris, silencioso, húmedo, algo triste quizá, pero real. Y en tiempos donde tantos prefieren vivir en lo virtual, contemplar la realidad se ha convertido casi en un acto de resistencia.

Sigo mirando por la ventana y la escena apenas cambia, pero lo que cambia —o más bien se confirma— es la sensación de fondo. No es solo una mañana gris de domingo. Es casi una fotografía de época. Un retrato silencioso de cómo hemos ido desplazándonos, poco a poco, hacia otra forma de estar en el mundo.

Porque lo que antes era calle, encuentro, saludo, mirada, ahora se ha convertido en tránsito. Se camina, sí, pero no se “habita” el camino. Se ocupa el espacio físico, pero la mente está en otro sitio. Y ahí aparece esa imagen que tanto me ha venido a la cabeza últimamente: la del modo zombi.

No lo digo en sentido cinematográfico ni grotesco, sino en un sentido mucho más cotidiano, casi invisible. El cuerpo funciona, obedece, se desplaza, cumple su tarea mínima —llevar el perro, cruzar la calle, ir a la tienda—, pero la conciencia está secuestrada. No está aquí. Está en otra parte. En una conversación que no ocurre delante, en una imagen que no existe en la calle, en una red que no es esta realidad inmediata.

Y lo inquietante no es tanto el uso del móvil, que en sí mismo es una herramienta, sino lo que ha pasado con nuestra atención. Esa especie de fragmentación constante, como si el presente ya no fuera suficiente. Como si el aquí y ahora fuera un espacio pobre, casi incómodo, que hay que rellenar con otra cosa.

Antes —y no es nostalgia fácil, es simple observación— la calle era un lugar de micro-relaciones. Un saludo con el vecino, una mirada breve con un desconocido, un gesto de reconocimiento incluso sin palabras. Había una especie de tejido invisible, ligero, pero real, que nos mantenía dentro de una misma escena colectiva.

Ahora ese tejido se ha ido afinando hasta casi romperse. Cada uno vamos en nuestra burbuja, en nuestro pequeño universo portátil. Y lo curioso es que no hace falta estar solo para estar aislado. Puedes ir acompañado y, sin embargo, estar completamente ausente del otro. Basta con bajar la mirada a una pantalla.

Y aquí es donde aparece la pregunta que me ronda mientras observo a ese hombre mayor con su perro, a la chica, a los otros peatones: ¿estamos cambiando nuestra forma de relacionarnos de manera irreversible?

No solo cambiando, sino desplazando el centro de gravedad. Antes la relación era hacia fuera: el otro, el entorno, la calle, el ruido, el azar del encuentro. Ahora la relación parece más hacia dentro, pero un “dentro” artificial, construido por estímulos digitales constantes. Un dentro que no es introspección, sino saturación.

Y eso tiene un efecto silencioso, pero profundo: nos vuelve más individuales, sí, pero no en el sentido de una individualidad consciente o reflexiva, sino en el sentido de una separación progresiva del mundo común. Cada uno en su canal, en su flujo, en su pantalla. Cada uno viviendo una versión ligeramente distinta de la realidad.

Lo colectivo, lo compartido, lo espontáneo, va perdiendo terreno. Ya no coincidimos tanto en la experiencia del momento, sino en la simultaneidad de estar conectados, aunque no estemos juntos. Es una paradoja extraña: estamos más conectados que nunca, pero quizá menos presentes que antes.

Y entonces me doy cuenta de algo más sutil todavía. Estos “paseantes de perros” que yo observo no son solo una imagen curiosa del domingo. Son casi una resistencia mínima, casi inconsciente. Porque el perro obliga a salir, obliga a moverse, obliga a tocar el mundo real. Es como si todavía hubiera pequeños hilos que nos sujetan a lo físico, a lo inmediato.

Sin ellos, quizá muchas mañanas serían aún más vacías. Pero incluso con ellos, la tendencia está ahí: caminar sin mirar, estar sin estar, vivir sin del todo habitar.

Y mientras sigo observando esta calle casi desierta, con su silencio húmedo y su luz apagada de domingo, no puedo evitar pensar que el gran cambio no es tecnológico solamente. Es relacional. Es humano.

Quizá no nos estamos volviendo menos sociales. Quizá nos estamos volviendo sociales de otra manera. Pero la duda que queda flotando, como este cielo gris que no termina de romper, es si esa nueva manera nos acerca o nos separa de lo esencial: del otro real, del instante real, de la vida que no se puede deslizar con el dedo.




Comentarios

Entradas populares de este blog

PRIEGO DE CÓRDOBA, UN RECORRIDO POR SU HISTORIA Y SU ALMA