SALUD
El barco del hantavirus: prudencia sanitaria o improvisación de despacho
Vivimos en una época donde los virus viajan más deprisa que la reflexión política. Basta que aparezca un barco con contagios, dos o tres muertos a bordo y rumbo incierto, para que salten todas las alarmas, las ruedas de prensa y también los silencios interesados. Y eso es lo que parece estar ocurriendo con este buque afectado por un brote de hantavirus que finalmente pone proa hacia Canarias.
Conviene hablar claro. Cuando en un barco cerrado aparece una enfermedad infecciosa seria, con fallecimientos incluidos, ya no estamos ante una simple incidencia médica de navegación. Estamos ante un problema sanitario internacional. Un barco no es solo un medio de transporte: en estas circunstancias se convierte en un foco epidemiológico flotante donde conviven pasajeros, tripulación, espacios cerrados, contacto continuado y días enteros de exposición compartida.
La primera pregunta que cualquier ciudadano sensato se hace es sencilla: si el barco estaba próximo a Cabo Verde, ¿no habría sido más prudente organizar allí el desembarco controlado y desde su aeropuerto trasladar a cada pasajero a su país bajo supervisión sanitaria? La pregunta es legítima. Y no hace falta ser epidemiólogo para formularla.
Ahora bien, también hay que reconocer que la realidad suele ser más compleja que la intuición. No basta con tener puerto y pista de aterrizaje. Hace falta capacidad hospitalaria, laboratorios, personal entrenado, coordinación internacional, aislamiento, ambulancias medicalizadas, equipos de protección, logística diplomática y autoridad suficiente para gestionar viajeros de múltiples nacionalidades. Es posible que Cabo Verde no dispusiera de todos esos recursos al nivel exigible para una operación delicada. Si eso fue así, la decisión tendría una lógica técnica.
Pero aquí aparece el viejo problema de nuestro tiempo: las decisiones se toman y luego se explican mal, tarde o nunca.
Cuando una administración actúa correctamente pero no informa, siembra sospechas. Cuando informa a medias, genera desconfianza. Y cuando varias autoridades se contradicen entre sí, nace el desconcierto. El ciudadano no exige milagros, exige claridad.
Porque no nos engañemos: en toda crisis sanitaria hay dos contagios posibles. El del virus y el de la incompetencia.
El primero depende de la biología. El segundo depende de las personas.
El virus puede tener limitada capacidad de transmisión, pero la torpeza administrativa no conoce fronteras. Un protocolo mal ejecutado, un retraso de 48 horas, una lista incompleta de contactos, una orden confusa, una rueda de prensa improvisada o una decisión tomada pensando más en titulares que en salud pública, pueden complicar más la situación que el propio patógeno.
Por eso lo importante no es solo dónde atraque el barco, sino cómo atraque.
No es lo mismo un desembarco quirúrgicamente organizado que una operación precipitada. No es igual separar sintomáticos de asintomáticos que mezclar personas por prisas logísticas. No es lo mismo informar con serenidad que esconder datos esperando que escampe la tormenta.
También conviene huir del otro extremo: el alarmismo fácil. No todo brote es una pandemia. No todo virus raro anuncia una catástrofe. No toda llegada a puerto equivale a invasión biológica. El miedo desordenado es tan dañino como la negligencia.
La ciudadanía debe reclamar una posición adulta: ni histeria ni pasividad.
Queremos saber:
qué riesgos reales existen,
qué protocolos se aplican,
cuántas personas están monitorizadas,
quién coordina la respuesta,
y qué planes de contingencia hay si aparecen nuevos casos.
Eso no es sembrar pánico. Eso es pedir respeto.
Mi impresión personal, viendo cómo funcionan muchas estructuras públicas, es que a menudo se confía demasiado en que las cosas saldrán bien por pura inercia. Y la salud pública no funciona con fe, sino con método. Los problemas complejos no se resuelven con frases tranquilizadoras, sino con competencia.
Seguiremos a la espera de acontecimientos, quizá traer el barco a Canarias sea la mejor decisión técnica. Puede ser perfectamente defendible. Pero si lo es, que se explique con datos, con transparencia y con responsabilidad. Porque cuando se juega con la salud colectiva, la opacidad nunca es buena consejera.
Y termino como diría un viejo observador de la vida: al virus hay que vigilarlo, sí; pero a veces conviene vigilar todavía más a quienes dicen tenerlo todo bajo control.
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