España y el Sáhara Occidental: El equilibrio entre diplomacia y firmeza en un conflicto sin resolver

@pepe_rojas99

´Cyrano de la realidad´

martes, 21 de enero de 2025

"La Comisión Europea propina un varapalo a los que, como el ministro de Asuntos Exteriores español José Manuel Albares, sostenían la normalidad de la recién inaugurada ruta de Ryanair entre Madrid y Dajla, en los territorios del Sáhara Occidental ocupados por Marruecos, y en plenas negociaciones entre Marruecos y España para la cesión del espacio aéreo de la antigua colonia española."

El conflicto del Sáhara Occidental es un nudo de arenas y tensiones que sigue sin desatarse tras décadas de tiras y aflojas en el tablero geopolítico. Este territorio, en disputa entre Marruecos y el Frente Polisario, representa una de las últimas fronteras abiertas en el mapa africano. Desde la retirada de España en 1975, el destino del Sáhara Occidental quedó en manos de un pleito entre dos fuerzas opuestas: Marruecos, que reclama el territorio como parte de su soberanía histórica, y el Frente Polisario, que lucha por la independencia del pueblo saharaui. En medio, las resoluciones de la ONU han sido el eco de un referéndum de autodeterminación que nunca se concreta.

La postura de España, antigua potencia colonizadora, se ha convertido en un equilibrio precario, oscilando entre sus obligaciones internacionales y sus intereses nacionales. Históricamente, el Ministerio de Asuntos Exteriores español ha defendido una solución que se inscriba bajo el paraguas de las resoluciones de la ONU, respaldando un referéndum que respete el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. No obstante, los sucesivos gobiernos han variado en matices, ajustándose a las presiones diplomáticas y las realidades geopolíticas del momento. A pesar de estas fluctuaciones, la posición oficial de España sigue siendo evitar un respaldo explícito a la soberanía marroquí, pero sin perder de vista las cruciales relaciones bilaterales con Rabat.

Este juego de equilibrios no es gratuito. Marruecos es un socio estratégico de primer orden para España en cuestiones de seguridad, control migratorio y comercio. Las dos orillas del Mediterráneo están conectadas no solo por el Estrecho de Gibraltar, sino también por una relación que, aunque marcada por tensiones, es esencial para la estabilidad de la región. El Sáhara Occidental es una herida abierta en esa relación, y cualquier movimiento de España en este tablero puede tener repercusiones directas sobre la cooperación en temas delicados como la lucha contra el terrorismo o el flujo de migrantes.

A largo plazo, no hay que olvidar nunca y hay que tener siempre presente, que a España le interesa una postura que mantenga este delicado equilibrio, pero sin perder de vista los compromisos con el derecho internacional. Una estrategia que no sólo proteja sus relaciones con Marruecos, sino que también le permita recuperar su papel, siempre importante, de mediador en la región, defendiendo una solución justa que respete los derechos del pueblo saharaui. Para ello, es muy necesaria y crucial la participación activa de España en las negociaciones de la ONU, apostando por un acuerdo que evite la reanudación de hostilidades en una zona ya de por sí inestable.

La estabilidad regional, la seguridad y los intereses económicos están en juego. El Sáhara Occidental, con sus recursos naturales —fosfatos y potenciales reservas energéticas—, es también un espacio de pugna económica que España debe observar de cerca. Apoyar un marco que permita la explotación justa de estos recursos, bajo el respeto de los derechos saharauis, es otro de los puntos que deberían guiar la política española.

En definitiva, España debe actuar con cautela, como un equilibrista entre dos fuerzas que no puede permitir que se desestabilicen. Su objetivo principal debe ser garantizar una región en paz y estabilidad, donde sus compromisos internacionales no entren en conflicto con sus necesidades de seguridad y cooperación estratégica. El Sáhara Occidental sigue siendo un enigma irresuelto, pero cualquier postura española debe estar marcada por una firmeza que evite decantarse excesivamente hacia uno de los lados, pues ello implicaría no solo perder aliados, sino también credibilidad en la escena internacional.

La ambigüedad que España ha mantenido históricamente en este conflicto representa, a medio y largo plazo, un riesgo evidente para sus intereses y su respetabilidad a nivel global. No debemos olvidar que España es uno de los actores principales en esta compleja obra, y como tal, no puede permitirse pasar a ser un actor secundario, ni permitir que potencias como Francia o Estados Unidos, aunque influyentes, le arrebaten ese papel. Aunque esas potencias jueguen un rol significativo en el escenario global, España tiene que reivindicar su protagonismo y no quedar relegada.

El Estado español, y no simplemente los gobiernos de turno, debe adoptar una postura diplomática, sí, pero también firme en sus convicciones, consciente de que es un país directamente involucrado en el conflicto. Si no lo hace, correremos el riesgo de que nuestra posición se diluya y que, a largo plazo, España no sea tomada en serio en la esfera internacional.

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