FÁBULAS Y CUENTOS

Esopo y el campesino: cuando la mentira vive del miedo ajeno

Hay fábulas antiguas que, aunque nacieron hace siglos, parecen escritas ayer por la mañana. Cambian los vestidos, cambian los nombres, cambian los escenarios... pero la naturaleza humana sigue tropezando con las mismas piedras.

Esta fábula que cuenta Fedro, el famoso fabulista latino de la época imperial romana, cuenta que un campesino, dueño de rebaños, descubre horrorizado que unas ovejas han parido corderos con cabeza humana. Asustado por aquel fenómeno extraño, corre a consultar a los adivinos, esos personajes que siempre abundaron cuando sobraba credulidad y faltaba pensamiento crítico; más menos como hoy ocurre también.

El primero le dice que aquello anuncia un peligro mortal para el dueño, y que debe sacrificarse una víctima para alejar el mal. El segundo, aún más imaginativo, asegura que su mujer le engaña y que sus hijos son ilegítimos, aunque tranquiliza al hombre con una solución muy rentable para su oficio: otro sacrificio, más grande todavía.

Como suele pasar con los charlatanes, ninguno aclara nada, pero ambos aumentan el miedo. Donde había una duda, colocan diez angustias nuevas. Donde había un misterio natural, levantan una feria de supersticiones.

Entonces aparece Esopo, viejo, astuto y observador fabulista de la Antigua Grecia. No recurre a dioses, ni a conjuros, ni a amenazas invisibles. Mira la realidad y sentencia: si quieres acabar con ese prodigio, busca esposa a tus pastores.¡Así de fácil! Una frase genial.

Porque lo que Esopo está diciendo, con ironía fina, es que aquellos corderos no tenían nada de sobrenatural. El misterio no estaba en el cielo, sino en la tierra. No había señales divinas, sino conducta humana escondida. No hacía falta magia, sino sentido común.

La moraleja es profunda y muy actual.

Cuántas veces, hoy en día, los seres humanos preferimos explicaciones fantásticas antes que mirar lo evidente. Nos atrae lo misterioso porque evita afrontar lo real. Es más cómodo pensar en maldiciones que reconocer infidelidades, negligencias, engaños o simples torpezas.

También retrata a los mercaderes del miedo, que nunca han desaparecido. Antes eran adivinos con túnica; hoy pueden presentarse con traje, micrófono, despacho elegante o miles de seguidores en internet. Siempre anuncian catástrofes, siempre complican lo sencillo y siempre tienen una solución interesada preparada.

Viven de la inseguridad ajena.

Esopo representa otra cosa: la inteligencia limpia, la observación directa, la capacidad de desenmascarar la mentira con una sola frase. Hay personas así. No necesitan grandes discursos. Llegan, miran dos minutos y descubren lo que todos evitaban ver.

En el fondo, esta fábula nos advierte de algo esencial: cuando un problema parece inexplicable, conviene mirar primero las causas humanas antes que invocar fuerzas oscuras.

Porque muchas veces no hay prodigio alguno.

Solo hay secretos mal guardados.

Y quizá la mayor sabiduría no sea adivinar el futuro, sino comprender con lucidez lo que está pasando delante de nuestras narices.

Hoy tenemos claros ejemplos de lo que simboliza esta fábula tan antigua. Empresas que se hunden y culpan a la “mala suerte del mercado”. Empresas que empiezan a perder clientes, bajan sus ventas y entran en crisis. Los directivos dicen que todo se debe a “la situación internacional”, “las energías negativas del sector” o “circunstancias imprevisibles”. Contratan consultores caros, hacen reuniones pomposas y presentan planes grandilocuentes. Pero luego se descubre que el verdadero problema era mucho más terrenal: mala gestión, enchufismo, productos mediocres y decisiones incompetentes. Es decir: buscaban adivinos modernos para no reconocer que el fallo estaba dentro.

Otro ejemplo muy actual: La persona que atribuye todos sus fracasos a envidias, destino o mala vibra. Hay quien enlaza decepciones sentimentales, problemas laborales o conflictos personales y concluye que tiene “mal de ojo”, que todos le tienen manía o que el universo conspira contra él. Sin embargo, al mirar de cerca, aparecen otras causas más reales: mal carácter, impulsividad, falta de constancia, elegir siempre mal o no escuchar a nadie. Pero aceptar eso exige autocrítica, y es más cómodo consultar al adivino que corregirse.

Da igual que pasen 2000 años, los problemas de entonces son muy actuales hoy. Seguimos igual que en tiempos de Esopo: mucha gente busca causas sobrenaturales para no mirar responsabilidades humanas. Preferimos el misterio antes que el espejo.

Porque hay verdades que duelen más que cualquier profecía



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