FÁBULAS Y CUENTOS
Fábula: La mosca y la mula
“Una mosca se posó en la lanza de un carro e increpando a la mula le dijo: -¡qué lenta eres! ¿No quieres avanzar más rápido? Cuida que no te vaya a picar el cuello con mi aguijón. Ella respondió: -No me muevo por tus palabras, sino que temo al que sentándose en el pescante dirige mi yugo con flexible látigo y contiene mi boca con espumeantes frenos. Por eso deja tu frívola insolencia, pues sé dónde hay que entretenerse y dónde se debe correr. En esta fábula puede, con razón, ser objeto de risa quien sin valor lanza vanas amenazas.”
Hay fábulas que parecen escritas pensando directamente en las redes sociales, en ciertos tertulianos de televisión y en algunos personajes modernos que viven inflándose como globos mientras por dentro apenas contienen aire.
La escena de esta fábula de Esopo es magnífica. Una simple mosca se posa sobre la lanza de un carro y, desde allí arriba, creyéndose dueña del universo, empieza a dar órdenes a la mula que arrastra el peso real del vehículo. La ridiculiza, la acusa de lenta y hasta la amenaza con picarle el cuello con su insignificante aguijón.
Y la respuesta de la mula es una lección monumental de inteligencia.
Ella no se inmuta. Ni se asusta. Ni pierde energía discutiendo con aquel insecto ridículo. Le explica que no trabaja por miedo a la mosca, sino porque detrás hay un conductor auténtico que lleva las riendas, maneja el látigo y dirige el carro.
Qué retrato tan exacto de muchas personas de hoy.
Vivimos rodeados de “moscas psicológicas”. Individuos diminutos en valor real, pero gigantescos en arrogancia. Personas cuyo único poder consiste en hacer ruido. Gente que amenaza, intimida, presume, pontifica y se mueve por el mundo como si fueran emperadores… cuando en realidad sobreviven apoyados en el esfuerzo, la paciencia y el trabajo de otros.
Es increíble la cantidad de seres humanos que confunden el ruido con la autoridad.
Los ves en todas partes: en política, en empresas, en comunidades de vecinos, en programas de televisión e incluso en familias. Personajes que hablan golpeando la mesa, creyendo que la agresividad sustituye a la inteligencia. Amenazan como la mosca de la fábula, convencidos de que todos tiemblan ante ellos, cuando la mayoría simplemente los soporta por educación o por cansancio.
Y lo más curioso es que casi siempre ocurre lo mismo: cuanto más pequeño es el poder real de alguien, más necesidad tiene de aparentarlo.
La mosca representa ese ego ridículo que necesita sentirse importante aunque sea subido encima del esfuerzo ajeno. Porque ella no tira del carro. No soporta el peso. No conoce el cansancio ni el sudor. Solo se posa encima y da órdenes.
Cuántas moscas humanas existen así.
Gente que jamás ha construido nada, pero critica a quienes levantan el mundo cada mañana. Personas incapaces de sostener una responsabilidad mínima y, sin embargo, expertas en decir cómo deberían actuar los demás.
La mula, en cambio, simboliza a quienes conocen la realidad de la vida. No necesitan aparentar fuerza porque la tienen. No necesitan gritar porque ya soportan suficiente peso. Hay una dignidad silenciosa en quienes trabajan, resisten y siguen avanzando sin necesidad de exhibirse.
La respuesta final de la mula es maravillosa: “sé dónde hay que entretenerse y dónde se debe correr”.
Es decir: sé distinguir lo importante de lo ridículo.
Y esa quizá sea una de las mayores formas de sabiduría en este tiempo histérico donde cualquiera con un poco de ruido pretende convertirse en autoridad moral.
Porque no toda amenaza merece atención.
No toda voz fuerte tiene valor.
Y no todo insecto que zumba alrededor del carro mueve realmente las ruedas del mundo.
A veces solo es una mosca creyéndose emperador durante cinco minutos.
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