FÁBULAS Y CUENTOS

Fábula: El poeta acerca de creer y no creer. Es peligroso creer y lo es no creer 

Creer demasiado, no creer nada


Hay tragedias que nacen de una espada, y otras que nacen de una palabra. A veces pensamos que los grandes desastres llegan con estruendo, con fuego, con sangre o con guerras. Pero no. Muchas veces entran por la puerta pequeña del oído. Una frase dicha al oído, una sospecha sembrada con mala intención, un rumor vestido de verdad… y ya está encendida la mecha.

Eso nos cuenta Fedro en esta fábula antigua, que de antigua tiene solo el calendario, porque el alma humana sigue siendo la misma.

Nos recuerda primero dos ejemplos célebres. Hipólito murió porque creyó lo que no debía. Troya cayó porque no creyó lo que debía. Ahí está el gran dilema humano: creer demasiado nos pierde, no creer nunca también. Entre la ingenuidad y la cerrazón se mueve la torpeza de muchos hombres.

Y luego Fedro baja del mito a la vida real, donde las desgracias son menos poéticas pero mucho más crueles.

Había un hombre que amaba a su esposa y preparaba con ilusión la entrada de su hijo en la vida adulta. Un hogar en apariencia sólido. Pero cerca de toda casa suele rondar alguien que codicia lo ajeno. En este caso, un liberto ambicioso, que soñaba heredar los bienes del amo y decidió acelerar el destino mediante el veneno más barato: la calumnia.

Le habló mal del hijo. Le habló peor de la esposa. Y remató la faena con la acusación más eficaz para destruir a un hombre enamorado: “Tu mujer te engaña”.

No hizo falta más.

El marido, cegado por la ira, fingió marcharse al campo y regresó de noche en secreto. Entró en casa como entran los hombres dominados por la pasión: sin juicio, sin luz y sin alma. Buscó el dormitorio, tanteó en la oscuridad, tocó una cabeza de cabello corto… y atravesó un pecho con la espada.

Creía vengar su honor.

Cuando trajeron la lámpara, vio lo que había hecho. No había matado a un amante. Había matado a su hijo. La esposa dormía inocente junto a él, ajena al horror. Hay momentos en que la verdad llega demasiado tarde. Y cuando llega, no ilumina: quema.

El hombre, comprendiendo que su credulidad había destruido su casa desde los cimientos, se clavó la misma espada que había desenvainado contra los suyos.

Después vino lo habitual: la sospecha cayó sobre la mujer. Porque así suele actuar el mundo. Cuando hay ruinas, siempre buscan a quién culpar, y muchas veces eligen al inocente más indefenso. Fue llevada a juicio en Roma.

Entonces intervino Augusto, que al menos en esta historia aparece como juez prudente. Escuchó, investigó, separó la sombra de la verdad y condenó al verdadero culpable: el calumniador.

Y dejó una sentencia que debería estar grabada en piedra para todas las épocas: Escucha todo, pero no creas nada de inmediato.

Qué enseñanza tan sencilla y qué poco practicada.

Hoy ya no hacen falta libertos ambiciosos ni patios romanos. Basta un mensaje reenviado, una noticia falsa, una captura manipulada, una media verdad en redes sociales, una conversación torcida por intereses. Las espadas de hoy son digitales, pero siguen atravesando reputaciones, familias y amistades.

Muchos destruyen relaciones por rumores. Otros elevan a farsantes porque alguien les dijo que eran sabios. Otros odian a desconocidos por consignas repetidas mil veces. Y algunos, como aquel marido, reaccionan antes de pensar.

La precipitación siempre presume de valiente, pero casi siempre es hija de la estupidez.

Fedro nos deja una regla de oro que no envejece: no cierres los oídos, pero tampoco entregues el juicio al primero que susurra. Investiga. Contrasta. Mira por ti mismo. Porque la ambición, la envidia y el odio suelen hablar con voz convincente.

Y añade otra verdad todavía más profunda: conoce a las personas por trato directo, no por opinión ajena.

Cuántos errores se evitarían si aplicáramos eso.

En resumidas cuentas, creer sin pensar destruye. No creer nunca también. La sabiduría consiste en escuchar con calma, dudar con inteligencia y juzgar con justicia.

Lo demás es vivir a oscuras con una espada en la mano.


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