REFLEXIONES / FILOSOFÍA

No pidas permiso para volar


Hay frases que parecen sencillas, casi de calendario barato o de taza de desayuno, pero que si uno las mira con calma esconden una verdad de las grandes. “No pidas permiso para volar. Las alas son tuyas. Y el cielo no pertenece a nadie

Dicho así, parece una invitación al optimismo. Pero en el fondo es casi una declaración filosófica sobre la libertad humana.

Porque muchas personas vivimos esperando permisos invisibles. Permiso de la familia, permiso de la sociedad, permiso de la edad, permiso del miedo, permiso del pasado, permiso de la opinión ajena. Demasiados permisos. Y mientras esperamos esa autorización que nunca llega, la vida se va consumiendo como una vela encendida en una habitación cerrada.

Nos educan muchas veces para obedecer antes que para descubrir. Para encajar antes que para expandirnos. Para no molestar. Para no destacar demasiado. Para no fracasar. Para no hacer el ridículo. Y así, poco a poco, vamos entregando nuestras alas a cambio de una jaula cómoda.

El ser humano tiene una extraña habilidad para convertirse en su propio carcelero. Levanta muros con ladrillos imaginarios: “ya es tarde”, “yo no valgo”, “eso no es para mí”, “qué dirán”, “a mi edad no”, “otros nacieron con suerte”. Frases pequeñas que parecen prudencia, pero muchas veces son cadenas disfrazadas de sensatez.

Y sin embargo, dentro de cada persona existe una fuerza silenciosa, una energía vital que suele aparecer cuando la necesidad aprieta o cuando el alma se cansa de vivir agachada. Entonces sucede algo importante: uno descubre que tenía más capacidad de la que creía, más coraje del que pensaba, más talento del que le hicieron creer.

Muchos de los grandes cambios de una vida no nacen del permiso de nadie, sino del hartazgo interior. El día que una mujer deja de vivir para complacer a todos. El día que un hombre reconoce que ha vivido según expectativas ajenas. El día que alguien mayor comprende que todavía está a tiempo de reinventarse. El día que una persona herida decide que su dolor no será su identidad. Ese día empiezan a abrirse las alas.

El cielo no pertenece a nadie. Qué frase tan poderosa. Nadie es dueño de las oportunidades profundas de la existencia. Ni los ricos son propietarios exclusivos del sentido. Ni los jóvenes tienen monopolio del entusiasmo. Ni los triunfadores de escaparate son dueños de la plenitud. El cielo interior, que es el más importante, está abierto para quien se atreva a mirarlo.

Claro que volar tiene riesgos. El aire mueve, desestabiliza, exige equilibrio. Quien vuela puede caer. Pero también cae quien nunca despega, solo que cae lentamente en la resignación, en la rutina muerta, en la tristeza domesticada. Hay personas que jamás arriesgaron nada y, sin embargo, terminaron derrotadas por dentro.

Filosóficamente hablando, pienso que la mayor tragedia no sea fracasar, sino no intentar la propia posibilidad. Venimos al mundo con semillas de algo que podríamos llegar a ser, pero no siempre lo regamos. A veces morimos siendo apenas el borrador de nosotros mismos.

La libertad no consiste en hacer cualquier cosa. Eso es una caricatura. La verdadera libertad consiste en atreverse a ser quien uno es, con responsabilidad, con dignidad y con valentía. Volar no significa huir de la tierra, sino elevarse sobre los miedos que nos arrastran.

Por eso, a ciertas edades, cuando ya uno ha visto bastante teatro humano, conviene hacerse una pregunta sincera: ¿cuántas decisiones de mi vida fueron realmente mías y cuántas fueron obediencias maquilladas?

Tal vez todavía estamos a tiempo, porque mientras uno respire, quedan cielos pendientes, y las alas, aunque olvidadas, siguen siendo nuestras.


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