REFLEXIONES / PSICOLOGÍA
El deseo no envejece: erotismo, amor y libertad después de los 60
Existe una idea equivocada, muy extendida y bastante injusta, que asocia el erotismo con la juventud, como si el deseo tuviera fecha de caducidad y a cierta edad cerrara la persiana para siempre. Nada más lejos de la realidad. Lo que envejece muchas veces no es el deseo, sino los modelos antiguos con los que hemos intentado vivirlo.
Una mujer, ya no digo un hombre, de más de 60 años puede abrirse al erotismo no desde la urgencia biológica de los veinte años, sino desde un lugar mucho más rico: la experiencia, el conocimiento de sí misma, la libertad interior y la capacidad de elegir con menos engaños.
Porque a esa edad ya se sabe bastante de la vida. Ya se ha amado, se ha sufrido, se ha cedido demasiado en ocasiones, se han criado hijos quizá, se han sostenido hogares, se ha cumplido con obligaciones y papeles. Y muchas veces llega entonces una pregunta silenciosa:
¿Y yo cuándo? ¿Mi deseo dónde quedó? ¿Qué parte de mí se quedó dormida mientras atendía a todos los demás?
Ahí empieza una nueva etapa. El matrimonio suele comenzar con un impulso de unión. Dos personas creen que caminando juntas desaparecerá la soledad, que el otro llenará huecos internos, que el amor resolverá diferencias profundas. Pero con los años aparece la verdad inevitable: somos distintos.
No pensamos igual, no sentimos igual, no deseamos igual y no evolucionamos al mismo ritmo.
Eso no significa fracaso. Significa realidad.
El problema aparece cuando se confunde amor con posesión, convivencia con rutina, fidelidad con resignación, o compañía con apagamiento vital.
Muchas mujeres llegan a los 60 descubriendo que han sido buenas esposas, buenas madres, buenas administradoras de la vida... pero quizá malas guardianas de su propio fuego interior.
A cierta edad también aparece otro fantasma: el de todo lo que ya no será.
Las oportunidades no tomadas. Los cuerpos no abrazados. Las palabras no dichas. Las aventuras que se dejaron para “más adelante”. Las versiones de una misma que nunca llegaron a nacer. Eso despierta tristeza, sí. Pero también puede despertar deseo.
Porque el deseo muchas veces nace cuando uno toma conciencia del tiempo. Cuando comprende que la vida no es infinita. Cuando se pregunta si aún está a tiempo de sentirse viva por dentro.
El amor se basa mucho en la aceptación. Aceptamos defectos, costumbres, fragilidades, límites. Amar es en parte mirar al otro con benevolencia.
Pero el deseo funciona distinto. El deseo no es tan obediente, ni tan razonable, ni tan domesticable. El deseo necesita aire. Necesita misterio. Necesita movimiento. Necesita una cierta distancia psicológica.
Necesita ver al otro como alguien que no controlamos del todo.
Por eso tantas parejas que se quieren profundamente pueden, sin embargo, enfriarse eróticamente. No falta cariño. Falta chispa simbólica.
Nuestro modelo romántico actual insiste en la fusión: compartirlo todo, saberlo todo, hacerlo todo juntos, contarlo todo, no guardar espacios propios.
Eso crea intimidad, sí. Pero a veces destruye tensión erótica.
Porque cuando todo es conocido, previsto y administrado, desaparece la sorpresa. Y sin sorpresa el deseo se adormece.No somos propietarios de nuestra pareja. Nunca lo fuimos. El otro siempre conserva una zona privada, un mundo interno, una parte libre que no nos pertenece. Y aceptar eso, lejos de separar, puede reactivar la atracción. El deseo necesita una pequeña incertidumbre.
No hablo de traiciones ni juegos tóxicos. Hablo de no dar al otro por descontado. De seguir mirándolo como alguien valioso que puede elegir quedarse... pero también podría no hacerlo.
Cuando una mujer de más de 60 años recupera su individualidad, su cuidado personal, su curiosidad, su mundo propio, algo cambia. Ya no mendiga atención. Ya no espera ser validada. Ya no vive solo en función de otros. Y entonces reaparece una energía muy poderosa: la sensualidad que nace de sentirse dueña de sí misma.
Dentro del matrimonio pueden convivir dos dimensiones:
Sexo por amor: el que une, reconforta, expresa ternura, cuidado y vínculo.
Sexo por diversión: el que juega, ríe, experimenta, improvisa y rompe papeles rígidos.
Muchas parejas maduras conservaron el primero pero olvidaron el segundo. Y sin juego, el erotismo envejece antes que el cuerpo. Recuperar el humor, la ligereza, el coqueteo, la picardía, la espontaneidad, puede ser más afrodisíaco que cualquier receta externa. No intentando volver a los 30. No compitiendo con nadie. No buscando aprobación externa. Sino haciendo algo más profundo: Reconciliarse con su cuerpo actual. Dejar de avergonzarse del deseo.Recuperar espacios propios. Atreverse a pedir lo que le gusta. Poner límites donde ya no quiere sacrificarse. Cuidarse no para gustar, sino para gustarse. Entender que sensualidad no es juventud, sino presencia.
Una mujer que ha entrado en sus sesentapuede abrirse al erotismo quizá mejor que nunca, porque ya sabe que la vida no está para desperdiciarla fingiendo. El deseo maduro no suele ser estridente. Es más consciente. Más selectivo. Más profundo. Más libre.
Y cuando aparece, no busca demostrar nada. Solo quiere recordar que aún se está viva.
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